He
aquí mi crónica
sobre el reciente y fugaz viaje
que hicimos Elf-moon y
yo a Inglaterra los pasados 23,
24 y 25 de septiembre. El motivo
principal de nuestro viaje a esa
isla verde llena de ingleses fue
poder disfrutar en el Royal
Albert Hall de la Sinfonía
de El Señor de los Anillos:
Seis Movimientos para Orquesta
y Coros, y más tarde visitar
Oxford, la antigua
ciudad universitaria donde nuestro
querido J.R.R. Tolkien
pasó tantos años
de su vida.
El
viaje empieza a las seis menos diez
de la mañana, casi a punto
de perder el primer tren del día
en Manresa, cogiendo por los pelos
el tren en Plaza Catalunya (cuatro
minutos escasos para salir del andén,
ir a taquilla, comprar el billete,
bajar al andén, y subir al
tren con la maleta a cuestas… ufff…),
y encontrarme al fin a Elf-moon
en el aeropuerto, con una sonrisa
de oreja a oreja, a punto para la
expedición… Los ánimos
estaban por los aires, pero al poco
tiempo recibimos el primer jarro
de agua fría: el avión,
que debía salir a las 9,30h,
se retrasa por motivos dudosos hasta
las 11,30 h. ¡NERVIOS! ¡HISTERIA
MAL REPRIMIDA! Al final resultó
que el tiempo en Londres (como es
común) estaba un poco revuelto,
y al final salimos sobre las 10,45
h.
Casi
dos horas más tarde tuvimos
el primer shock friki de la expedición…
Resulta que me tocó a mi
estar en la ventana, desde donde
observé embobada los Pirineos
como si de los Emyn Muil se tratara,
la verde campiña inglesa
y las ominosas nubes de lluvia que
guardaban los cielos de la capital
inglesa. Pues nada, que después
de un aterrizaje un poco revuelto
(nos subió el estómago
a la garganta, ¡qué
sufrimiento, por Eru!), tomamos
tierra en Heathrow, y empezamos
la típica excursión
buscando aparcamiento para el avioncillo.
Había empezado a llover,
y estaba ensimismada cuando algo
me llamó la atención:
la imagen Aragorn y Legolas a lo
grande en un avión… No me
dio tiempo ni a restregarme los
ojos. Llamé a Elf-moon a
voz en grito (todos los del avión
se enteraron, jeje, mirando como
unos posesos por la ventanilla…
no entendían nada…) y las
dos observamos embobadas la PRUEBA
de que los aviones decorados de
Air New Zealand existen… Fue sólo
un momento (lo siento, gente, como
podéis entender no podíamos
parar allí para hacer fotos…)
pero como aperitivo estuvo muy bien.
El
transporte desde el aeropuerto hasta
el centro de Londres lo hicimos
a través de la línea
Piccadilly del metro. Este fue el
primer contacto con el ‘tube’ londinense,
tan estrecho, tan colorido por dentro,
tan viejo y abandonado a veces,
pero con tanta personalidad como
el resto de la ciudad… Finalmente
salimos al exterior en una zona
residencial repleta de árboles
y casas de fachadas claras con jardines
y césped… ¡qué
potito! ¡y tan sólo
a unos cinco minutos en metro de
Piccadilly Circus!
Fue entonces cuando fuimos conscientes
que el viaje nos había llevado,
sin darnos cuenta, a la mismísima
Cuaderna del Este, justamente a
Los Gamos… Nos descubrimos caminando
por ‘Buckland Crescent’, donde nos
hicimos la foto de rigor. Eso sí,
no encontramos ni un Brandigamo…
lástima…
Después
de acomodarnos en el Bed
& Breakfast, buscar
un sitio decente donde comer (ardua
tarea en esa ciudad, doy fe), descansar
del duro viaje y quitarnos el polvo
del camino, el tiempo se nos pasó
volando y tuvimos que acelerar la
marcha para llegar al Royal
Albert Hall. Los altos
edificios de tocho rojizo dieron
paso a una construcción circular
de enormes dimensiones, de varios
pisos de altura y con doce entradas,
ya bastante repletas de gente. ¡El
concierto empezaba en un cuarto
de hora!
Cuando
nos sentamos en nuestras butacas
(después de subir tres pisos
a pata), se hicieron evidentes varias
cosas: el lugar era enorme, estábamos
muy arriba (la verdad es que daba
vértigo mirar hacia abajo;
imposible asomarse por la barandilla
estando de pie) y la sala no estaba
ni mucho menos llena. A medida que
la excitación por el inminente
evento iba creciendo, los huecos
en las filas inferiores se fueron
llenando, y cuando en el escenario
empezaron a desfilar músicos
y los componentes de los coros,
dio comienzo una sucesión
de flashes. Esta operación
duró bastante tiempo, ya
que hubieron cerca de doscientos
implicados en la sinfonía;
aquí tenéis exactamente
el número de personas e instrumentos
implicados:
-
London Voices (el
coro ‘adulto’): 17 sopranos, 17
contraltos, 14 tenores y 14 ‘bajos’.
Todos iban vestidos del más
riguroso negro; las mujeres a la
izquierda del escenario y los hombres
a la derecha.
- London Oratory School,
‘Schola Cantorum’: creo que conté
cerca de 20 niños, con sus
camisas blancas y sus corbatas grises,
en el centro del escenario.
- London Philharmonic Orquestra:
primeros violines (16), segundos
violines (14), violas (12), violonchelos
(10), contrabajos (8), flautas (2),
flautín irlandés,
oboes (2), ‘cor anglais’, clarinetes
(2), ‘bassoon’ (2), ‘contra-bassoon’,
cuernos (6), trompetas (5), trombones
(4), tuba, tímpano, percusión
(5), arpas (2), piano, guitarra,
mandolina, cimbalón, ‘mussette’,
‘hammered dulcimer’, violín
irlandés y violín
hardanger (lo siento, pero mi vocabulario
musical es muy limitado :p).
El
vaivén de flashes llegó
a su punto culminante cuando todos
se situaron en su lugar, afinaron
sus instrumentos y voces, y apareció
al fin Howard Shore. En ese punto
se hizo un silencio absoluto; hasta
los destellos de las cámaras
fotográficas dejaron de verse
al momento, para luego volver fugazmente
cuando alguna imagen de especial
belleza se veía en la impresionante
pantalla. La luz sobre el gran escenario
fue atenuándose hasta quedar
en una tonalidad violácea
y luego, después de una impaciente
espera de más de un mes,
los coros empezaron a entonar The
Prophecy, mientras la música
evocadora que nos invitaba a la
Tierra Media se deslizaba por el
espacio.
Después
de esa entrada ‘a lo grande’ en
el concierto, las luces cambiaron
a un alegre verde que nos introdujo
en La Comarca, para escuchar Concerning
Hobbits. La primera imagen fue la
de una verja harto conocida, de
un viejo dibujo de John Howe. De
la verja se pasó a un agujero
hobbit y luego el zoom se fue alejando
para enseñarnos la totalidad
del dibujo. Eso ocurrió a
lo largo de todo el espectáculo:
las imágenes (a veces dibujos
ya conocidos de Alan Lee
y John Howe, y
otras veces bocetos de la película)
nos eran presentadas por un ínfimo
detalle para luego ser enseñadas
en su totalidad. Llegó el
turno de The Shadow of the Past,
donde pudimos ver la enloquecida
mirada de Gollum,
como preludio de su torturada figura.
Las imágenes permanecían
demasiado tiempo en escena, pero
eran preciosas… se dio prioridad
a la calidad antes que la cantidad.
Las diferentes melodías del
principio de La Comunidad del
Anillo fueron mezclándose
en A Short Cut to Mushrooms
y The Old Forest, pero
un terrorífico Nazgûl
nos sorprende en A Knife in
the Dark, un tema que se extendió
amenazante hasta dar fin al Primer
Movimiento. Después de un
corto pero efusivo aplauso, el azul
se apropió del escenario
con Many Meetings y The
Ring goes South, donde gratamente
pudimos escuchar varias notas de
la versión extendida, cuando
la Comunidad se despide de Rivendel,
y Frodo ‘dirige’
el inicio del viaje. Entonces llega
uno de mis momentos más deseados:
A Journey in the Dark y
la esplendorosa presentación
de la sala de las columnas en Khazad-dûm.
Después de que se me pusiera
la piel de gallina por enésima
vez con esa explosión coral
el aire se tiñe de rojo;
llega el peligro y el Balrog.
A pesar del derroche de magnificencia
en The Bridge of Khazad-dûm,
a mi parecer los coros masculinos
no llegan a las notas más
poderosas, y las voces pierden algo
de potencia; pero es sólo
un instante (todo no podía
ser…). En ese punto álgido
pasamos del rojo más intenso
a un nostálgico azul: Gandalf
ha caído. Un desgarrador
solo de uno de los niños
se lamenta por la desaparición
del Mago Gris y, embargados por
la emoción e inundados por
el color del mar, llegamos a la
exótica Lothlórien.
Lamentablemente, no está
Elizabeth Fraser
para deleitarnos con su evocadora
voz, y demasiado pronto llega la
despedida del hermoso reino elfo
en Farewell to Lórien
con otra escena de la extendida:
la entrega de los regalos por parte
de Galadriel.
The Great River discurre allá
abajo a nuestros pies, hasta que
la pantalla deja ver un poderoso
casco, los regios rostros de Isildur
y Anárion, y finalmente,
la grandeza de las Argonath
en toda su hechura. Es un boceto
algo diferente a la imagen final
de la película, muy adecuado
para otra escena de ‘pelos de punta’.
A regañadientes llegamos
a la última melodía
de esa primera parte: la flauta
nos adentra en The Breaking
of the Fellowship embargándonos
de emoción, y finalmente
llega el solo infantil de ‘In
dreams’, muy adecuado a mi
parecer, con un gran el Anillo
Único oscilando
sobre todos ellos.
Los
sonidos se apagan al fin, y los
vigorosos aplausos y la luz descubren
nuestra satisfacción. Mr.
Shore saluda agradecido
y abandona el escenario junto a
algunos músicos para dar
paso a un corto descanso de unos
cinco minutos. Cuando el compositor
regresa, lo hace acompañado
de una mujer vestida del más
níveo blanco, con un chal
negro sobre sus hombros. Se trata
de Sissel, la solista
que a partir de ese momento nos
deleitará con su voz. El
ominoso Foundations of Stone
da comienzo al Tercer Movimiento,
de nuevo en un completo sliencio.
La pantalla está oscura durante
este tema, que se nos presenta más
corto que en la Bso. No tiene demasiada
importancia, pues en la pantalla
vuelve a aparecer la siniestra silueta
de Gollum, con los ojos iluminados
por un fulgor malsano. El cimbalón
nos avisa que el peligro se acerca
y de repente la orquesta vuelve
a estallar, con la percusión,
las trompetas, los violines… y donde
eran dos ahora son tres. The
Riders of Rohan vuelve a traer
el verde y los sonidos heroicos.
Escuchamos con mucha atención
la melodía que identifica
a los Rohirrim,
pues no se vuelve a escuchar en
toda su grandeza tal y como Elf-moon
y yo hubiéramos deseado.
El vigoroso sonido del violín
noruego es el gran olvidado de la
noche, al apreciarse tan sólo
en esa ocasión.