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El Señor de los Anillos - J.R.R. Tolkien

 

Por Julia Maestre, "Berúthiel"


Crónica de la Actuación de Howard Shore y la Sinfonía de El Señor de los Anillos en Londres (23-24 sept. 2004)
 

 

    He aquí mi crónica sobre el reciente y fugaz viaje que hicimos Elf-moon y yo a Inglaterra los pasados 23, 24 y 25 de septiembre. El motivo principal de nuestro viaje a esa isla verde llena de ingleses fue poder disfrutar en el Royal Albert Hall de la Sinfonía de El Señor de los Anillos: Seis Movimientos para Orquesta y Coros, y más tarde visitar Oxford, la antigua ciudad universitaria donde nuestro querido J.R.R. Tolkien pasó tantos años de su vida.

    El viaje empieza a las seis menos diez de la mañana, casi a punto de perder el primer tren del día en Manresa, cogiendo por los pelos el tren en Plaza Catalunya (cuatro minutos escasos para salir del andén, ir a taquilla, comprar el billete, bajar al andén, y subir al tren con la maleta a cuestas… ufff…), y encontrarme al fin a Elf-moon en el aeropuerto, con una sonrisa de oreja a oreja, a punto para la expedición… Los ánimos estaban por los aires, pero al poco tiempo recibimos el primer jarro de agua fría: el avión, que debía salir a las 9,30h, se retrasa por motivos dudosos hasta las 11,30 h. ¡NERVIOS! ¡HISTERIA MAL REPRIMIDA! Al final resultó que el tiempo en Londres (como es común) estaba un poco revuelto, y al final salimos sobre las 10,45 h.

    Casi dos horas más tarde tuvimos el primer shock friki de la expedición… Resulta que me tocó a mi estar en la ventana, desde donde observé embobada los Pirineos como si de los Emyn Muil se tratara, la verde campiña inglesa y las ominosas nubes de lluvia que guardaban los cielos de la capital inglesa. Pues nada, que después de un aterrizaje un poco revuelto (nos subió el estómago a la garganta, ¡qué sufrimiento, por Eru!), tomamos tierra en Heathrow, y empezamos la típica excursión buscando aparcamiento para el avioncillo. Había empezado a llover, y estaba ensimismada cuando algo me llamó la atención: la imagen Aragorn y Legolas a lo grande en un avión… No me dio tiempo ni a restregarme los ojos. Llamé a Elf-moon a voz en grito (todos los del avión se enteraron, jeje, mirando como unos posesos por la ventanilla… no entendían nada…) y las dos observamos embobadas la PRUEBA de que los aviones decorados de Air New Zealand existen… Fue sólo un momento (lo siento, gente, como podéis entender no podíamos parar allí para hacer fotos…) pero como aperitivo estuvo muy bien.

    El transporte desde el aeropuerto hasta el centro de Londres lo hicimos a través de la línea Piccadilly del metro. Este fue el primer contacto con el ‘tube’ londinense, tan estrecho, tan colorido por dentro, tan viejo y abandonado a veces, pero con tanta personalidad como el resto de la ciudad… Finalmente salimos al exterior en una zona residencial repleta de árboles y casas de fachadas claras con jardines y césped… ¡qué potito! ¡y tan sólo a unos cinco minutos en metro de Piccadilly Circus! Fue entonces cuando fuimos conscientes que el viaje nos había llevado, sin darnos cuenta, a la mismísima Cuaderna del Este, justamente a Los Gamos… Nos descubrimos caminando por ‘Buckland Crescent’, donde nos hicimos la foto de rigor. Eso sí, no encontramos ni un Brandigamo… lástima…

    Después de acomodarnos en el Bed & Breakfast, buscar un sitio decente donde comer (ardua tarea en esa ciudad, doy fe), descansar del duro viaje y quitarnos el polvo del camino, el tiempo se nos pasó volando y tuvimos que acelerar la marcha para llegar al Royal Albert Hall. Los altos edificios de tocho rojizo dieron paso a una construcción circular de enormes dimensiones, de varios pisos de altura y con doce entradas, ya bastante repletas de gente. ¡El concierto empezaba en un cuarto de hora!

    Cuando nos sentamos en nuestras butacas (después de subir tres pisos a pata), se hicieron evidentes varias cosas: el lugar era enorme, estábamos muy arriba (la verdad es que daba vértigo mirar hacia abajo; imposible asomarse por la barandilla estando de pie) y la sala no estaba ni mucho menos llena. A medida que la excitación por el inminente evento iba creciendo, los huecos en las filas inferiores se fueron llenando, y cuando en el escenario empezaron a desfilar músicos y los componentes de los coros, dio comienzo una sucesión de flashes. Esta operación duró bastante tiempo, ya que hubieron cerca de doscientos implicados en la sinfonía; aquí tenéis exactamente el número de personas e instrumentos implicados:

- London Voices (el coro ‘adulto’): 17 sopranos, 17 contraltos, 14 tenores y 14 ‘bajos’. Todos iban vestidos del más riguroso negro; las mujeres a la izquierda del escenario y los hombres a la derecha.
- London Oratory School, ‘Schola Cantorum’: creo que conté cerca de 20 niños, con sus camisas blancas y sus corbatas grises, en el centro del escenario.
- London Philharmonic Orquestra: primeros violines (16), segundos violines (14), violas (12), violonchelos (10), contrabajos (8), flautas (2), flautín irlandés, oboes (2), ‘cor anglais’, clarinetes (2), ‘bassoon’ (2), ‘contra-bassoon’, cuernos (6), trompetas (5), trombones (4), tuba, tímpano, percusión (5), arpas (2), piano, guitarra, mandolina, cimbalón, ‘mussette’, ‘hammered dulcimer’, violín irlandés y violín hardanger (lo siento, pero mi vocabulario musical es muy limitado :p).

    El vaivén de flashes llegó a su punto culminante cuando todos se situaron en su lugar, afinaron sus instrumentos y voces, y apareció al fin Howard Shore. En ese punto se hizo un silencio absoluto; hasta los destellos de las cámaras fotográficas dejaron de verse al momento, para luego volver fugazmente cuando alguna imagen de especial belleza se veía en la impresionante pantalla. La luz sobre el gran escenario fue atenuándose hasta quedar en una tonalidad violácea y luego, después de una impaciente espera de más de un mes, los coros empezaron a entonar The Prophecy, mientras la música evocadora que nos invitaba a la Tierra Media se deslizaba por el espacio.

    Después de esa entrada ‘a lo grande’ en el concierto, las luces cambiaron a un alegre verde que nos introdujo en La Comarca, para escuchar Concerning Hobbits. La primera imagen fue la de una verja harto conocida, de un viejo dibujo de John Howe. De la verja se pasó a un agujero hobbit y luego el zoom se fue alejando para enseñarnos la totalidad del dibujo. Eso ocurrió a lo largo de todo el espectáculo: las imágenes (a veces dibujos ya conocidos de Alan Lee y John Howe, y otras veces bocetos de la película) nos eran presentadas por un ínfimo detalle para luego ser enseñadas en su totalidad. Llegó el turno de The Shadow of the Past, donde pudimos ver la enloquecida mirada de Gollum, como preludio de su torturada figura. Las imágenes permanecían demasiado tiempo en escena, pero eran preciosas… se dio prioridad a la calidad antes que la cantidad. Las diferentes melodías del principio de La Comunidad del Anillo fueron mezclándose en A Short Cut to Mushrooms y The Old Forest, pero un terrorífico Nazgûl nos sorprende en A Knife in the Dark, un tema que se extendió amenazante hasta dar fin al Primer Movimiento. Después de un corto pero efusivo aplauso, el azul se apropió del escenario con Many Meetings y The Ring goes South, donde gratamente pudimos escuchar varias notas de la versión extendida, cuando la Comunidad se despide de Rivendel, y Frodo ‘dirige’ el inicio del viaje. Entonces llega uno de mis momentos más deseados: A Journey in the Dark y la esplendorosa presentación de la sala de las columnas en Khazad-dûm. Después de que se me pusiera la piel de gallina por enésima vez con esa explosión coral el aire se tiñe de rojo; llega el peligro y el Balrog. A pesar del derroche de magnificencia en The Bridge of Khazad-dûm, a mi parecer los coros masculinos no llegan a las notas más poderosas, y las voces pierden algo de potencia; pero es sólo un instante (todo no podía ser…). En ese punto álgido pasamos del rojo más intenso a un nostálgico azul: Gandalf ha caído. Un desgarrador solo de uno de los niños se lamenta por la desaparición del Mago Gris y, embargados por la emoción e inundados por el color del mar, llegamos a la exótica Lothlórien. Lamentablemente, no está Elizabeth Fraser para deleitarnos con su evocadora voz, y demasiado pronto llega la despedida del hermoso reino elfo en Farewell to Lórien con otra escena de la extendida: la entrega de los regalos por parte de Galadriel. The Great River discurre allá abajo a nuestros pies, hasta que la pantalla deja ver un poderoso casco, los regios rostros de Isildur y Anárion, y finalmente, la grandeza de las Argonath en toda su hechura. Es un boceto algo diferente a la imagen final de la película, muy adecuado para otra escena de ‘pelos de punta’. A regañadientes llegamos a la última melodía de esa primera parte: la flauta nos adentra en The Breaking of the Fellowship embargándonos de emoción, y finalmente llega el solo infantil de ‘In dreams’, muy adecuado a mi parecer, con un gran el Anillo Único oscilando sobre todos ellos.

    Los sonidos se apagan al fin, y los vigorosos aplausos y la luz descubren nuestra satisfacción. Mr. Shore saluda agradecido y abandona el escenario junto a algunos músicos para dar paso a un corto descanso de unos cinco minutos. Cuando el compositor regresa, lo hace acompañado de una mujer vestida del más níveo blanco, con un chal negro sobre sus hombros. Se trata de Sissel, la solista que a partir de ese momento nos deleitará con su voz. El ominoso Foundations of Stone da comienzo al Tercer Movimiento, de nuevo en un completo sliencio. La pantalla está oscura durante este tema, que se nos presenta más corto que en la Bso. No tiene demasiada importancia, pues en la pantalla vuelve a aparecer la siniestra silueta de Gollum, con los ojos iluminados por un fulgor malsano. El cimbalón nos avisa que el peligro se acerca y de repente la orquesta vuelve a estallar, con la percusión, las trompetas, los violines… y donde eran dos ahora son tres. The Riders of Rohan vuelve a traer el verde y los sonidos heroicos. Escuchamos con mucha atención la melodía que identifica a los Rohirrim, pues no se vuelve a escuchar en toda su grandeza tal y como Elf-moon y yo hubiéramos deseado. El vigoroso sonido del violín noruego es el gran olvidado de la noche, al apreciarse tan sólo en esa ocasión.




 


 
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