El
rojo y la amenaza vuelven
con The Black Gate
is Closed, para dar
paso otra vez al azul
de los elfos con Evenstar.
Aquí escuchamos
al fin a Sissel emulando
a Isabel Bayrakdarian.
La hermosa solista tiene
ante si la dura tarea
de dar la réplica
al resto de solos femeninos
de la Bso; arropada con
su voz pura, pasa esta
primera prueba de un modo
notable, y finalmente
se vuelve a sentar, para
dejarnos ante la noble
figura de Sombragrís,
y su emotiva presentación
en The White Rider.
Gandalf ha vuelto, pero
aquí lo más
importante es el bello
dibujo final del orgulloso
caballo blanco; los coros
femeninos dan paso a otro
momento inolvidable. Treebeard
y sus exóticos
sonidos tiñen el
suelo de marrón
y el aire de verde, y
realmente marcan la diferencia
en el concierto. Faramir
se presenta ahora ante
nosotros en The Forbidden
Pool, y en el momento
adecuado no podemos evitar
el tarareo de la cantinela
de Sméagol. Su
melodía tranquila
con los inquietantes coros
infantiles nos lleva al
final de esa parte, donde
unos ansiosos aplausos
piden por el Cuarto Movimiento.
Un
nuevo silencio donde coger
fuerzas para la primera
Gran Batalla. Después
de un estornudo bastante
gracioso y sonoro, Cuernavilla
nos es presentada en Hornburg,
y ya no hay marcha atrás.
Tras los bocetos del Abismo
de Helm y la acertada
fanfarria élfica,
llega el heroico Forth
Eorlingas, y todos
los corazones se encogen
de anticipación ante
cada golpe del gong. Ya
nos hemos olvidado de la
ausencia de Breath of
Life, y nos derretimos
con los coros: el ataque
desesperado de Théoden
y compañía
se intuye en el rojizo ambiente.
Luego aparece Éomer
y Gandalf con el solo infantil,
y la apoteosis final amenaza
con lágrimas de emoción.
Isengard Unleashed
es el toque final a ese
movimiento, y con las vehementes
voces infantiles de la Última
Marcha de los Ents
ya no puedo pedir más.
Otro deseo cumplido. A mi
parecer este hubiera sido
el mejor fin de las melodías
de Las Dos Torres,
pero Sissel vuelve a levantarse
e interpreta A Gollum’s
Song. Emiliana
Torrini marca una
gran singularidad en esa
canción, y la dulce
voz de la solista no nos
puede hacer olvidar la cantante
original; esa canción
con esa voz no cuadran,
hay algo que falla. Aún
así, da igual; se
avecina la última
parte del concierto, y el
deseo de escuchar el último
tramo de la aventura se
mezcla con la pena por el
inevitable final. Aquí
los aplausos crecen en intensidad,
y parece que todos los integrantes
de la sinfonía cogen
aire. Aún les queda
un duro trecho hasta coger
el camino a las Tierras
Imperecederas.
Los
violines y la cuerda nos
adentran vigorosamente en
Hope and Memory. Hemos llegado
al Quinto Movimiento. Un
nuevo comienzo y la orquesta
se vuelve a escuchar en
todo su esplendor: Gandalf
abandona Meduseld
junto a Pippin
y ahora sí que no
hay marcha atrás.
Casi sin darnos cuenta se
omite Minas Tirith,
para ver dibujada una conocida
almenara, portadora de las
notas en The White Tree.
La nostalgia deja paso a
la llama de la esperanza,
y todos los corazones se
inflaman con su impulso.
Es sin duda uno de los momentos
grandes del concierto, esperado
por la mayoría de
los asistentes. Tras esas
hermosas fanfarrias la melancolía
y la tristeza en The
Steward of Gondor se
convierten en un necesario
remanso de paz. Hecho a
faltar la canción
de Pippin, que hubiera podido
ser fácilmente interpretada
por cualquiera de los niños,
pero Cirith Ungol
ya está
aquí, con el traicionero
Gollum amenazando a nuestros
pobres Frodo y Sam. El Mal
reaparece, la desesperación
se escampa y gana a nuestros
abandonados héroes.
Las líneas largas,
rectas y nobles de Andúril
se dibujan en la pantalla,
mientras los coros élficos
se escampan por el ambiente
azulado. Aún hay
esperanza.
El
último descanso.
No recuerdo los aplausos,
sólo la expectación.
Sissel se levanta, y la
ausencia de sonidos se convierte
en algo sólido. Llega
al fin el Sexto y último
Movimiento. Para nuestra
desgracia no hay rastro
de Shelob,
ni de los Campos
del Pelennor, ni
de la inmunda Puerta
Negra. Elf-moon
creyó adivinar en
algún punto una melodía
desconocida (¿Boca
de Sauron?), pero las ausencias
son duras. Eso sí,
Howard Shore sabe que la
mejor manera de suplir grandes
faltas es con algo más
grande todavía, y
para hacernos olvidar todo
ello, los coros, llenos
de fatalismo, nos adentran
en The End of all Things.
El Monte del Destino
se dibuja ante todos nosotros
ante una terrible y brillante
niebla roja, a la espera
de la temida conclusión,
y la voz de Sissel fluye
magníficamente entre
una explosión coral
y musical y otra… Todos
perdemos algo de nuestro
interior, y aunque los coros
cambian de la destrucción
y la desesperación
a una tímida esperanza,
la nostalgia del solo reaparece,
y sabemos que se han acabado
cosas que ya no volverán…
Uffff, creo que sabéis
a qué me refiero
(sinó, escuchad en
vuestro Cd de El Retorno
del Rey la canción
número 16…).
Por
fin llega The Return
of the Ring con la
nostalgia por La Comarca,
la grandeza de Minas Tirith,
y el canto de Aragorn
coronado interpretado por
uno de los tenores. La solista
sorprende gratamente con
la llegada de Arwen;
el broche final a unos solos
magníficos. La sencillez
vuelve cuando los cuatro
hobbits llegan a su hogar,
y finalmente, como ocurre
siempre, mi resistencia
se derrite al llegar al
Dragón Verde
y ese cruce de miradas amenizado
por un único violín.
El pañuelo cedido
por Elf-moon tiene un uso
al fin. Con The Grey
Havens doy rienda suelta
a las lágrimas: los
Puertos Grises se dibujan
en la pantalla, y la tristeza
nos vence a todos. El azul
se apropia una última
vez del ambiente, y las
flautas evocan las Tierras
Imperecederas.
Sissel vuelve a levantarse
una última vez e
interpreta Into the West
con más acierto que
la canción anterior.
Al principio Annie
Lennox se echa
a faltar, pero la solista
tiene una voz magnífica,
y los últimos compases
se pierden al fin en un
corto silencio. La Sinfonía
se ha acabado.
Nos
cuesta un poco reaccionar.
Parece que no hayamos asimilado
que el espectáculo
ha llegado a su fin, pero
cuando Howard Shore se gira
hacia nosotros empieza el
más vigoroso de los
aplausos. Allá abajo
alguien se levanta, aplaudiendo
y gritando ‘thank you!’
luego alguien más,
y pronto estamos todos de
pie, dando vida a un largo
aplauso ininterrumpido.
Mr. Shore hace una reverencia
y se marcha, para volver
momentos después;
todos seguimos aplaudiendo.
Hay que agradecerle mucho,
pues al menos para mí
esa Sinfonía ha cumplido
todas mis expectativas.
El largo viaje ha valido
la pena.
Salimos
del edificio como en una
nube, y esperamos solas
en una de las puertas sin
saber porqué. Al
cabo de cinco minutos y
ante un viento cortante
decidimos desandar el camino
hacia el hotel, pero frente
a la puerta número
uno vemos una multitud y
un coche negro esperando.
La espera sin motivo se
convirtió al momento
en una posibilidad de oro
de ver de cerca al genio
de la sinfonía, por
lo que nos convertimos en
parte del gentío,
con la cámara en
una mano, y el libreto de
la sinfonía en otra.
Allí conocimos a
un par de chicos de Girona,
y luego a cuatro más
de Madrid
(¿dónde iban
a estar los frikis españoles,
eh?) y finalmente vimos
a Howard Shore atravesar
la puerta. La guinda final.
Estuvimos allí como
mínimo media hora,
junto al caballeroso compositor,
que en ningún momento
dio muestras de cansancio
ni agobio. Firmó,
firmó y firmó,
y cruzó amables palabras
con la mayoría de
nosotros. Parecíamos
críos, pero disfrutamos
más que un enano
frente a una veta de mithril.
Fue allí donde conseguimos
su autógrafo y, al
decirle que éramos
españoles, su sorprendente
declaración de que
a principios de noviembre
lo podremos ver en Sevilla.
En
resumen, fue una experiencia
deliciosa e inolvidable,
aunque parece que no irrepetible.
Habrá que hacer lo
que buenamente se pueda
por volver a verle en directo
el dirigir su propia música.
Ocurra lo que ocurra, sé
que valdrá la pena.