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Crónica de la Actuación de Howard Shore y la Sinfonía de
El Señor de los Anillos en Londres (23-24 sept. 2004)

 

Por Julia Maestre, "Berúthiel"

 


Crónica de la Actuación de Howard Shore y la Sinfonía de El Señor de los Anillos en Londres (23-24 sept. 2004)
 

 

    El rojo y la amenaza vuelven con The Black Gate is Closed, para dar paso otra vez al azul de los elfos con Evenstar. Aquí escuchamos al fin a Sissel emulando a Isabel Bayrakdarian. La hermosa solista tiene ante si la dura tarea de dar la réplica al resto de solos femeninos de la Bso; arropada con su voz pura, pasa esta primera prueba de un modo notable, y finalmente se vuelve a sentar, para dejarnos ante la noble figura de Sombragrís, y su emotiva presentación en The White Rider. Gandalf ha vuelto, pero aquí lo más importante es el bello dibujo final del orgulloso caballo blanco; los coros femeninos dan paso a otro momento inolvidable. Treebeard y sus exóticos sonidos tiñen el suelo de marrón y el aire de verde, y realmente marcan la diferencia en el concierto. Faramir se presenta ahora ante nosotros en The Forbidden Pool, y en el momento adecuado no podemos evitar el tarareo de la cantinela de Sméagol. Su melodía tranquila con los inquietantes coros infantiles nos lleva al final de esa parte, donde unos ansiosos aplausos piden por el Cuarto Movimiento.

    Un nuevo silencio donde coger fuerzas para la primera Gran Batalla. Después de un estornudo bastante gracioso y sonoro, Cuernavilla nos es presentada en Hornburg, y ya no hay marcha atrás. Tras los bocetos del Abismo de Helm y la acertada fanfarria élfica, llega el heroico Forth Eorlingas, y todos los corazones se encogen de anticipación ante cada golpe del gong. Ya nos hemos olvidado de la ausencia de Breath of Life, y nos derretimos con los coros: el ataque desesperado de Théoden y compañía se intuye en el rojizo ambiente. Luego aparece Éomer y Gandalf con el solo infantil, y la apoteosis final amenaza con lágrimas de emoción. Isengard Unleashed es el toque final a ese movimiento, y con las vehementes voces infantiles de la Última Marcha de los Ents ya no puedo pedir más. Otro deseo cumplido. A mi parecer este hubiera sido el mejor fin de las melodías de Las Dos Torres, pero Sissel vuelve a levantarse e interpreta A Gollum’s Song. Emiliana Torrini marca una gran singularidad en esa canción, y la dulce voz de la solista no nos puede hacer olvidar la cantante original; esa canción con esa voz no cuadran, hay algo que falla. Aún así, da igual; se avecina la última parte del concierto, y el deseo de escuchar el último tramo de la aventura se mezcla con la pena por el inevitable final. Aquí los aplausos crecen en intensidad, y parece que todos los integrantes de la sinfonía cogen aire. Aún les queda un duro trecho hasta coger el camino a las Tierras Imperecederas.

    Los violines y la cuerda nos adentran vigorosamente en Hope and Memory. Hemos llegado al Quinto Movimiento. Un nuevo comienzo y la orquesta se vuelve a escuchar en todo su esplendor: Gandalf abandona Meduseld junto a Pippin y ahora sí que no hay marcha atrás. Casi sin darnos cuenta se omite Minas Tirith, para ver dibujada una conocida almenara, portadora de las notas en The White Tree. La nostalgia deja paso a la llama de la esperanza, y todos los corazones se inflaman con su impulso. Es sin duda uno de los momentos grandes del concierto, esperado por la mayoría de los asistentes. Tras esas hermosas fanfarrias la melancolía y la tristeza en The Steward of Gondor se convierten en un necesario remanso de paz. Hecho a faltar la canción de Pippin, que hubiera podido ser fácilmente interpretada por cualquiera de los niños, pero Cirith Ungol ya está aquí, con el traicionero Gollum amenazando a nuestros pobres Frodo y Sam. El Mal reaparece, la desesperación se escampa y gana a nuestros abandonados héroes. Las líneas largas, rectas y nobles de Andúril se dibujan en la pantalla, mientras los coros élficos se escampan por el ambiente azulado. Aún hay esperanza.

    El último descanso. No recuerdo los aplausos, sólo la expectación. Sissel se levanta, y la ausencia de sonidos se convierte en algo sólido. Llega al fin el Sexto y último Movimiento. Para nuestra desgracia no hay rastro de Shelob, ni de los Campos del Pelennor, ni de la inmunda Puerta Negra. Elf-moon creyó adivinar en algún punto una melodía desconocida (¿Boca de Sauron?), pero las ausencias son duras. Eso sí, Howard Shore sabe que la mejor manera de suplir grandes faltas es con algo más grande todavía, y para hacernos olvidar todo ello, los coros, llenos de fatalismo, nos adentran en The End of all Things. El Monte del Destino se dibuja ante todos nosotros ante una terrible y brillante niebla roja, a la espera de la temida conclusión, y la voz de Sissel fluye magníficamente entre una explosión coral y musical y otra… Todos perdemos algo de nuestro interior, y aunque los coros cambian de la destrucción y la desesperación a una tímida esperanza, la nostalgia del solo reaparece, y sabemos que se han acabado cosas que ya no volverán… Uffff, creo que sabéis a qué me refiero (sinó, escuchad en vuestro Cd de El Retorno del Rey la canción número 16…).

    Por fin llega The Return of the Ring con la nostalgia por La Comarca, la grandeza de Minas Tirith, y el canto de Aragorn coronado interpretado por uno de los tenores. La solista sorprende gratamente con la llegada de Arwen; el broche final a unos solos magníficos. La sencillez vuelve cuando los cuatro hobbits llegan a su hogar, y finalmente, como ocurre siempre, mi resistencia se derrite al llegar al Dragón Verde y ese cruce de miradas amenizado por un único violín. El pañuelo cedido por Elf-moon tiene un uso al fin. Con The Grey Havens doy rienda suelta a las lágrimas: los Puertos Grises se dibujan en la pantalla, y la tristeza nos vence a todos. El azul se apropia una última vez del ambiente, y las flautas evocan las Tierras Imperecederas. Sissel vuelve a levantarse una última vez e interpreta Into the West con más acierto que la canción anterior. Al principio Annie Lennox se echa a faltar, pero la solista tiene una voz magnífica, y los últimos compases se pierden al fin en un corto silencio. La Sinfonía se ha acabado.

    Nos cuesta un poco reaccionar. Parece que no hayamos asimilado que el espectáculo ha llegado a su fin, pero cuando Howard Shore se gira hacia nosotros empieza el más vigoroso de los aplausos. Allá abajo alguien se levanta, aplaudiendo y gritando ‘thank you!’ luego alguien más, y pronto estamos todos de pie, dando vida a un largo aplauso ininterrumpido. Mr. Shore hace una reverencia y se marcha, para volver momentos después; todos seguimos aplaudiendo. Hay que agradecerle mucho, pues al menos para mí esa Sinfonía ha cumplido todas mis expectativas. El largo viaje ha valido la pena.


    Salimos del edificio como en una nube, y esperamos solas en una de las puertas sin saber porqué. Al cabo de cinco minutos y ante un viento cortante decidimos desandar el camino hacia el hotel, pero frente a la puerta número uno vemos una multitud y un coche negro esperando. La espera sin motivo se convirtió al momento en una posibilidad de oro de ver de cerca al genio de la sinfonía, por lo que nos convertimos en parte del gentío, con la cámara en una mano, y el libreto de la sinfonía en otra. Allí conocimos a un par de chicos de Girona, y luego a cuatro más de Madrid (¿dónde iban a estar los frikis españoles, eh?) y finalmente vimos a Howard Shore atravesar la puerta. La guinda final. Estuvimos allí como mínimo media hora, junto al caballeroso compositor, que en ningún momento dio muestras de cansancio ni agobio. Firmó, firmó y firmó, y cruzó amables palabras con la mayoría de nosotros. Parecíamos críos, pero disfrutamos más que un enano frente a una veta de mithril. Fue allí donde conseguimos su autógrafo y, al decirle que éramos españoles, su sorprendente declaración de que a principios de noviembre lo podremos ver en Sevilla.

    En resumen, fue una experiencia deliciosa e inolvidable, aunque parece que no irrepetible. Habrá que hacer lo que buenamente se pueda por volver a verle en directo el dirigir su propia música. Ocurra lo que ocurra, sé que valdrá la pena.

 




 
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