
Elen
síla lúmenn’ omentielvo!
¡Una estrella
brilla sobre la hora de nuestro encuentro!
Ésta
es la salutación de los Elfos en la
Tierra Media de J.R.R. Tolkien,
expresión de agradecimiento y señal
de venturosa alegría, en medio de la
nostalgia… Así he querido comenzar
mi exposición acerca de las profundísimas
influencias de la fe católica, vividas
plena y coherentemente, por un gran hombre
de cultura, a quien conviene mucho dar a conocer,
y asimismo esas mismas influencias católicas
en su obra maestra literaria: El Señor
de los Anillos. He querido titular esta
exposición El Catolicismo en
Tolkien y en El Señor de los Anillos:
Una aproximación con afecto,
pues lo he concebido como un acercamiento,
con todo el afecto del corazón, a la
vida de un gran intelectual y gran creyente,
cuyas manifestaciones de extraordinaria habilidad
imaginativa y creativa, se funden con su exquisita
habilidad lingüística y narrativa,
en una historia con maravillosos destellos
del Evangelio.
Cuando
John Ronald Reuel Tolkien tenía 77
años de edad, en 1969, mientras disfrutaba
de su más que merecida jubilación
en un tranquilo y apacible retiro en la localidad
costera de Bournemouth, Inglaterra,
un buen día recibió una carta
—de tantas que había recibido de todos
los rincones del mundo desde escribir El
Señor de los Anillos— de Camilla
Unwin, la hija de su editor. Es que
la joven Unwin, como parte de su trabajo escolar,
le había escrito para hacerle una sencilla
pregunta: “¿Cuál es el propósito
de la vida?”
Preguntar semejante
cuestión a un hombre como Tolkien,
profundamente católico, sencillo, sensible,
profundamente contemplativo desde niño,
que había sido esmeradamente educado
por sus padres, especialmente por su muy querida
madre, Mabel Tolkien, quien
se había convertido por firme convicción
al catolicismo en la Inglaterra de 1900 —hazaña
notable en aquel entonces en aquel lugar—
a un hombre que había quedado huérfano
a los doce años de edad, junto con
su hermano pequeño, Hilary,
dos años menos que él, que había
sido criado con la ayuda, cariño y
dedicación inestimables de un benemérito
sacerdote de origen anglo-español,
el P. Francis Morgan, a un
hombre profundamente enamorado de su esposa,
Edith Mary Bratt, con quien
tuvo tres hijos varones, †John, †Michael y
Christopher, y una hija, Priscila, buen padre
de familia cristiana, cuyo primogénito
—†Father John— el Señor llamó
al sacerdocio, a un hombre que había
sufrido personalmente los horrores imborrables
de las trincheras de la Primera Guerra
Mundial, y luego los horrores de la Segunda,
a un hombre sobremanera reflexivo y detallista,
de distinguida cátedra de lengua y
literatura inglesa en la Universidad de Oxford…,
en fin, preguntarle cuál es el propósito
de la vida, era de esperar que su respuesta,
si bien no tan larga como su obra maestra
épica, El Señor de los Anillos,
sí fuera, no obstante, ¡de gran
envergadura!
Gracias a Dios, se
conservan muchas cartas personales de Tolkien
que se han recogido en un libro publicado
por Humphrey Carpenter y
Christopher Tolkien, editor
póstumo y albacea del Estado de su
padre. Lo publica la Editorial Minotauro
de Barcelona. En una de estas cartas (Cartas
nº 310), el profesor Tolkien le
respondió larga y tendidamente a la
jovencita Unwin. Desafortunadamente, es una
carta demasiada larga para reproducir ahora
in extenso, pero sí me permito resaltar
lo que a mi parecer, son algunos de los puntos
clave de su respuesta:
20 de mayo de 1969
Estimada Srta.
Unwin:
Lamento que mi respuesta
se haya demorado tanto. Espero que llegue
a tiempo. ¡Qué pregunta tan amplia!
No creo que las “opiniones”, no importa de
quién, resulten muy útiles sin
alguna explicación de cómo se
ha llegado a ellas; pero acerca de esta cuestión
no es fácil ser breve.
¿Qué
significa realmente la pregunta? Tanto propósito
como vida necesitan alguna definición.
¿Es una pregunta puramente humana y
moral? ¿O se refiere al Universo? Podría
significar: ¿Cómo debería
utilizar el tiempo de vida que se me ha concedido?
O: ¿A qué
propósito/designio sirven las criaturas
vivientes por el hecho de estar vivas? Pero
la primera pregunta encontrará respuesta
(si la encuentra) sólo después
de considerada la segunda.
Pienso que las preguntas acerca de un “propósito”
sólo son realmente útiles cuando
se refieren a los propósitos u objetivos
de los seres humanos o a la utilización
de las cosas que proyectan o hacen…
Si preguntamos por
qué Dios nos incluyó en su designio,
sólo podemos contestar: Porque lo Hizo.
Si no creemos en un Dios personal, la pregunta:
¿Cuál es el propósito
de la vida?, es informulable e incontestable.
¿A quién o a qué se dirigiría
la pregunta? Pero como en un rincón
extraño {…} del Universo se han desarrollado
seres con mentes que formulan preguntas y
tratan de responderlas, uno podría
dirigirse a uno de estos seres tan peculiares.
Como uno de ellos, me aventuraría a
decir (hablando con absurda arrogancia en
nombre del Universo): “Soy como soy. No hay
nada que pueda hacerse al respecto. Es posible
seguir tratando de averiguar lo que soy, pero
nunca se logrará. Y por qué
trata uno de saberlo, no lo sé. Quizás
el deseo de saber sólo por el mero
hecho de saber, se relacione con las oraciones
que algunos dirigen a lo que se llama Dios.
En su punto más elevado, éstos
parecen alabarlo por ser como es, y por hacer
lo que ha hecho tal como lo ha hecho.
{Pero} los que creen
en un Dios personal, el Creador, no creen
que el Universo de por sí sea venerable,
aunque su devoto estudio sea uno de los modos
de honrarlo. Y como en tanto que criaturas
vivientes estamos dentro de Él y de
Él formamos parte (parcialmente), nuestra
{aproximación a Dios} y el modo que
tenemos de expresarla derivarán en
amplia medida de la contemplación del
mundo a nuestro alrededor. (Aunque hay también
una revelación tanto dirigida a los
hombres en general como a ciertas personas
particulares.)
De modo que puede
decirse que el principal propósito
de la vida, para cualquiera de nosotros, es
incrementar, de acuerdo con nuestra capacidad,
el conocimiento de Dios mediante todos los
medios de que disponemos, y ser movidos por
Él a la alabanza y la acción
de gracias. Hacer como decimos en el Gloria
in excelsis: Laudamus te, benedicimus te,
adoramus te, glorificamus te, gratias agimus
tibi propter magnam gloriam tuam. Te alabamos,
te bendecimos, te veneramos, proclamamos tu
gloria, te agradecemos la grandeza de tu esplendor.
Y en los momentos
de exaltación podemos invocar a todos
los seres creados para que se nos unan en
el coro hablando en su nombre, como se hace
en el salmo 148 y en el Canto de los Tres
Niños de Daniel III. ALABAD AL SEÑOR…
todas las montañas y las colinas, todos
los huertos y los bosques, todas las criaturas
que reptan y los pájaros que vuelan.
Esto es demasiado
largo, y también demasiado corto… para
semejante pregunta.
Con mis mejores deseos,
J.R.R. Tolkien.
Ciertamente,
una carta muy importante, porque revela lo
interior de la persona de quien nos interesa
dar a conocer, y asimismo al autor inspirado
de El Señor de los Anillos,
obra maestra suya que suele denominarse “literatura
fantástica,” sin más, por lo
que esto es muy engañoso. Pero bien
podemos admitir “literatura fantástica”,
si quieren, en cuanto que “fantástica”
sea adjetivo y no sustantivo; es decir, una
literatura excelente, buenísima, fabulosa,
estupenda, magnífica, etc., por lo
que puede entenderse como una “fantástica
literatura”, o incluso una “fantasía
real,” aunque a primera vista parezca una
contradicción. En fin, las palabras,
desde luego, tienen un sentido muy distinto,
¿verdad?, según el orden en
que las empleemos, o según asumen una
u otra función gramatical.
Tolkien, ya desde
muy pequeño, siempre tuvo una extraordinaria
habilidad y amor para el estudio de las lenguas—llegó
a dominar bien unos 17 idiomas, entre ellas
el español, por supuesto, que le agradaba
particularmente—nos advertiría que
la estructura del lenguaje es esencial, fundamental,
importantísimo, para comunicar bien
la fuerza de una idea o pensamiento, o más
aún, comunicar una verdad, una realidad,
una vivencia. Por lo que no es lo mismo, claro
está, decir que El Señor
de los Anillos es, sin más, una
obra del género “literatura fantástica”,
o “literatura juvenil” (como se suele denominar
comúnmente) que decir que es una “fantástica
literatura de lo real”, para adultos o jóvenes
—ambos con madurez humana. Y por madurez humana,
queremos decir no sólo el ponerse a
leer un buen libro, es decir, no sólo
saber discernir lo que es una buena literatura,
sino sobre todo la capacidad de saber saborear
lo que se lee, la capacidad contemplativa
y meditativa para asomarse y asombrarse, maravillarse,
descubrir los tesoros escondidos y profundizar
en ellos. En este sentido, la Iglesia siempre
ha valorado, y por tanto recomendado, leer
obras buenas y provechosas con su “apostolado
de buena prensa.” Pues bien, les aseguro por
propia experiencia, que es muy acertado decidirse
leer El Señor de los Anillos, pero
me permito hacer algunas advertencias: no
valen las prisas o una lectura superficial,
aparte de que es prácticamente imposible
leerlo superficialmente: es una obra demasiada
rica y profunda para una lectura apresurada
sin asimilar adecuadamente y, ciertamente,
es una lectura muy agradable, pero perspicazmente
seria, descriptiva, madura, contemplativa
y conmovedora, por lo que el lector queda
completamente absorbido e inmerso en la Tierra
Media—el universo—de Tolkien, en el mejor
sentido de estos términos. Para abordar
la lectura de El Señor de los Anillos
hay que acercarse con calma, con sosiego,
con paciencia y respeto, como quien pisa “terreno
sagrado,” porque, efectivamente lo es en gran
medida, como iremos exponiendo.
Acompañar
a los personajes en su impresionante—pero
creíble—aventura, por la variada y
tan detalladísima geografía
de la Tierra Media —el mundo imaginario pero
curiosamente real, de Tolkien, donde tienen
lugar los acontecimientos— es asimismo una
aventura personal inolvidable para el lector,
sobre todo si es lector contemplativo y serio.
Como dato altamente significativo, resulta
que en Inglaterra, a finales del milenio pasado,
se realizó una amplia encuesta por
parte de un prestigioso periódico para
averiguar qué libro podría considerarse
el mejor del siglo XX, que por entonces llegaba
a su fin. Más de 25.000 hombres y mujeres
fueron encuestados y las respuestas fueron
muy reveladoras: el libro con el mayor número
de votos, con mucho, fue precisamente El
Señor de los Anillos.
Curiosamente
esto provocó objeciones de ciertos
sectores críticos, y esto a su vez
hizo posible otras tantas encuestas en más
periódicos y librerías nacionales
en Gran Bretaña y en los Estados Unidos,
pero con similares resultados: Tolkien seguía
en el primer puesto. Y después le tocó
el turno a la prestigiosa Folio Society
de Inglaterra, que quiso hacer su propia encuesta,
pero no limitando que fuera un libro del siglo
XX, sino de cualquier época. Conviene
saber que los más de 50.000 lectores
de esta Sociedad británica son lectores
maduros y serios, buenos conocedores de buena
literatura, no muy dispuestos a dejarse llevar
por las modas literarias pasajeras de turno.
Pues de todos los que participaron en esta
encuesta, ¿a que no pueden imaginar
sus opiniones? Pride and Prejudice
(Sentido y Sensibilidad) de Jane Austin y
David Copperfield de Charles
Dickens salieron bien parados… pero el libro
mejor valorado de nuevo fue El Señor
de los Anillos. Y qué decir
de la contestación de los participantes
en la encuesta promovida en 1999 por Amazon.com,
una librería virtual de Internet: ¡El
Señor de los Anillos fue elegido
como “Libro del Milenio”!
En
fin, a cada encuesta que Tolkien salía
ganando, más desconcierto y más
hostilidad provocaban en las mentes elitistas
de algunos críticos modernos, incapaces
de asimilar el éxito literario mundial
y la irresistible atracción de El
Señor de los Anillos. Tolkien
estaba gratamente sorprendido de que su obra
había recibido tanta aceptación,
pero feliz de poder llegar a tantos corazones.
Desde su publicación en 1954/1955,
se han vendido más de 50 millones
de ejemplares, traducidos a 26 lenguas.
Y su innegable popularidad sigue creciendo
imparable. La crítica desmesurada de
ciertos grupos en parte se debe a que a éstos
les gusta influir poderosamente en la cultura,
formando opinión pública, creyendo
que sólo ellos saben lo que es mejor
para el resto del mundo, y en parte por desconocer
por completo la sugerente teoría literaria
de Tolkien, hecha gozosa realidad en el estilo
narrativo de El Señor de los Anillos,
que es absolutamente esencial para comprender
su obra y apreciarla en su contexto.
Hubo
incluso quienes, como Howard Jacobson,
fueron partidarios de afirmar: Tolkien… Es
algo para niños, ¿no? O para
adultos retrasados… Eso demuestra la estupidez
de estas encuestas, la estupidez de enseñar
a la gente a leer. Cerrad todas las bibliotecas.
Utilizad el dinero para alguna otra cosa.
Éste es otro día negro para
la cultura británica. O como Susan
Jeffreys, en un artículo publicado
en el Sunday Times: Es deprimente pensar que
quienes han votado el mejor libro del siglo
XX se encierran en un mundo inexistente.
Naturalmente,
ha habido también, cómo no,
otras posturas y reacciones mucho más
comprensivas y centradas. Sue Bradbury,
directora editorial de la Folio Society, reconoció
su gran sorpresa ante el resultado de las
encuestas, pero llegó a afirmar: El
hecho de que quede en primer lugar en dos
encuestas creo que debe tomarse en serio.
Un comentario agudo lo aportó Ross
Shimmon, Jefe Ejecutivo de la Asociación
de Bibliotecas: Es sorprendente que
El Señor de los Anillos tenga
tanto éxito. La idea de un mundo paralelo…
Me pregunto si tendrá algo que ver
con intentar comprender el mundo que nos rodea.
Ante la crítica furibunda de que literatura
fantástica es escapista y por tanto
carece de valor, Patrick Curry,
en su libro Defending Middle-Earth: Tolkien,
Myth and Modernity (Defendiendo la Tierra
Media: Tolkien, Mito y Modernidad), afirmó
rotundamente que El Señor de los
Anillos era cualquier cosa menos huida
de la realidad: Tolkien no se limitó
a hablarnos, como Ruskin
y Chesterton, sobre los peligros
del mundo moderno; además, tejió
su antimodernismo en una historia rica e intricada
que ofrece una alternativa. En su versión,
como en la nuestra, la comunidad (los hobbits
en La Comarca {rural apacible}),
el mundo natural (la Tierra Media
misma), y los valores espirituales (simbolizados
por el mar) se encuentran amenazados por la
unión patológica del poder estatal,
el capital y la ciencia tecnológica
que es Mordor {la Tierra
del Señor Oscuro, la Tierra Negra,
la Tierra de la Sombra). La diferencia radica
en que en El Señor de los Anillos
la amenaza es derrotada, mientras que en la
nuestra el resultado está por ver…
Tolkien habló de los temores de los
lectores de finales del siglo XX… y les dio
esperanza. Lejos de ser escapista o reaccionario,
El Señor de los Anillos trata
de la más grande de las luchas de este
siglo y más allá. Y {algunos
críticos modernos}, a diferencia del
lector común, no fueron capaces de
verlo; al menos en el libro, y quizá
tampoco en el mundo. Entonces, ¿quién
vive en un mundo de fantasía? Los críticos
de Tolkien, no sus lectores, han perdido el
contacto con la realidad. Nunca la clase intelectual
había merecido tanto que la contradijeran.
También
está la de Paul Goodman,
publicado en el periódico británico
Daily Telegraph: … la clave {de El
Señor de los Anillos} es su sensibilidad
religiosa: la sensación de que al final
hay una beatitud de la que disfrutar, aunque
no se encuentre en la Tierra Media
ni en esta tierra. Interesante el testimonio
de Jeffrey Richards, de la
Universidad de Lancaster,
también publicado en el Daily Telegraph:
El Señor de los Anillos es
una obra de un poder, una envergadura y una
imaginación únicos. El lenguaje
de Tolkien es rico y evocador; su vocabulario,
extenso y variado. Sus descripciones son maravillosas.
Su evocación de virtudes inestimables
como la lealtad, el servicio, la amistad y
el idealismo es inspiradora. Por encima de
todo, crea un universo de mito… y arquetipos
que resuena en lo más hondo de la memoria
y la imaginación. Luego hace una comparación
con ciertas obras “modernas” y afirma que
llama la atención sobre la tiranía
del realismo, la estrechez de miras, el ensimismamiento
y la “relevancia” que tienen esclavizados
a demasiados escritores y críticos
modernos. Tolkien es un antídoto contra
todo eso. Cuantos más niños,
cuanta más gente de todas las edades
lean El Señor de los Anillos, mejor
será no sólo para el nivel literario
de este país, sino también para
su salud espiritual. Pues sí, para
nuestra salud espiritual, como escribe para
la New England Science-Fiction Association,
Elisabeth Carey: el libro
está empapado con teología moral
católica… {y} sobre las elecciones
morales.
Posiblemente,
de las respuestas más entusiastas en
favor de Tolkien, está la de Desmond
Albrow, en un artículo publicado
en el Catholic Herald: Hay
algo verdaderamente inspirador en el hecho
de que un hombre como Tolkien, un católico
verdadero, que estaba en completa armonía
con la decencia civilizada, coseche un premio
como éste en un siglo que aplaude con
tanta frecuencia a quienes son mezquinos y
brillantemente rimbombantes. Y más
cerca de nosotros, está el testimonio
personal de un amigo mío, Eduardo
Segura Fernández, de 36 años,
natural de Oviedo pero con raíces familiares
en Luarca, Profesor Ayudante de Humanidades
en la Universidad Católica
San Antonio de Murcia, y cuya tesis
doctoral centrada en un análisis narratológico
de El Señor de los Anillos
y la teoría literaria de Tolkien, acaba
de ver la luz en enero pasado. Hablando conmigo
me comentó que era realmente impresionante
cómo Tolkien pudo escribir una novela
tan larga y sobre una aventura de dimensiones
tan épicas, sin mencionar expresamente
a Dios, pero cuya presencia se podía
percibir en cada página de El Señor
de los Anillos…
A
raíz de testimonios como éstos
y muchísimos más, es evidente
que tanto la persona del profesor Tolkien,
además de su literatura, siguen teniendo
—y tendrán siempre— gran poder para
no dejar a nadie indiferente: poder para cautivar
o provocar, poder para conquistar el corazón
o suscitar contraria opinión. Para
aquellos a quienes el autor y su obra provocan,
lamentablemente ambos resultan aborrecibles
e insoportables. Pero para aquellos a quienes
el autor y su obra cautivan—como a un servidor—la
conmovedora e incomparable experiencia de
viajar a la Tierra Media, guiado por la pluma,
la mente y el corazón creyente del
mismo Tolkien es, francamente, hermosa, pues
entre muchas cosas, el viaje de la Comunidad
del Anillo, pasando por las aventuras de las
Dos Torres, y aguardando el Retorno del Rey,
es una bocanada de esperanza.
(Sigue
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