La
Iglesia Católica,
como portadora del Evangelio de la Esperanza,
siendo muy sensible a la nueva evangelización
de la cultura, apuesta muy clara y decididamente
por la admirable fuerza evocativa no sólo
de los buenos libros, sino también
en nuestra época, de lo que llama “cine
espiritual.” Por estas fechas, ya cercana
la Semana Santa, esperamos el estreno de la
película del actor/director norteamericano
Mel Gibson, La Pasión
de Cristo, que, según declaraciones
de la Santa Sede, promete ser una valiosa
ayuda para la evangelización. Pero
la Iglesia considera—muy acertadamente—“cine
espiritual” en un sentido más amplio:
toda aquella película que contiene
referencias, si bien no explícitamente,
al menos sí implícitamente cristianas,
que puedan suscitar inquietud y reflexión.
En este sentido estamos realmente enhorabuena,
pues gracias al buen hacer del director neozelandés
Peter Jackson, la excelente interpretación
de los actores/actrices, la extraordinaria
—y conmovedora— banda sonora del compositor
Howard Shore, y todo el equipo de producción,
hemos podido disfrutar enormemente de las
tres películas, estrenadas en la Navidad
del 2001, 2002 y 2003, de la notable adaptación
cinematográfica de El Señor
de los Anillos.
Pues
bien, les invito a remar conmigo “mar adentro”,
como dijo el Señor a Pedro
y a los Apóstoles, y como nos dice
asimismo el Santo Padre,
para descubrir el hombre detrás del
libro, para luego maravillarse ante una Buena
Noticia. Puede muy bien ser un gran descubrimiento
en tu vida: un eco, sorprendentemente cercano,
del Evangelio…
TOLKIEN:
EL HOMBRE DETRÁS DEL MITO CRISTIANO
¿Quién
era J.R.R. Tolkien y cuáles
fueron los acontecimientos fundamentales en
su vida que fueron cauce y dieron forma al
desarrollo de la única persona capaz
de escribir El Señor de los Anillos?
Porque ciertamente hay que decir, con rotunda
claridad, que Tolkien pudo, con tan intenso
esfuerzo, escribir El Señor de
los Anillos tal y como lo escribió
a lo largo de doce años, escrito con
la sangre de mi vida, según dijo a
su editor, precisamente porque era un “católico
absoluto”, como así dijo de su padre
su hijo mayor, el P. †John Tolkien.
Es éste un hecho incontestable que
hace falta asimilar si queremos adentrarnos
en la Tierra Media, de modo que podamos
descubrir y apreciar los inestimables valores
espirituales en su literatura.
En el prólogo
de El Señor de los Anillos,
Tolkien quiso advertir al lector: Un autor
no puede, por supuesto, dejar de ser afectado
por su propia experiencia, pero los modos
en que el germen de una historia utiliza el
suelo fértil de la experiencia son
extremadamente complejos, y cualquier intento
de definir el proceso no es más que
el mero atisbo de una evidencia inadecuada
y ambigua. Tolkien mismo no veía con
especial agrado los intentos de biografía,
pues para él, solían ser inadecuados
para captar la verdadera profundidad de una
persona. Pero puesto que esta intervención
es sólo una aproximación—eso
sí, con afecto, tanto a la persona
del autor como a su obra, algunas pinceladas
clave de su vida nos ayudarán a tener
presente al hombre detrás de El
Señor de los Anillos.
Tolkien nació
de padres ingleses, Arthur y Mabel, el 3 de
enero de 1892, en Bloemfontein,
Sudáfrica. Fue bautizado un mes después
con el nombre de John Ronald Reuel en la catedral
anglicana. Su familia vivía entonces
en Sudáfrica, pues su padre era director
de la sucursal local del Banco de
África. Poco después
de cumplir los tres años, en 1895,
su madre se llevó a Tolkien y a su
hermano pequeño, Hilary, de regreso
a Inglaterra, ya que el clima sudafricano
no era muy saludable para los niños
y ni para ella misma. Su padre no podía
embarcar con su familia en ese momento por
motivos de trabajo, pero con la esperanza
de poder regresar tan pronto como podía.
De sus primeros años
en Sudáfrica, Tolkien sólo recordó
algunas palabras en la lengua local, afrikáans,
y el recuerdo de unos paisajes áridos
y polvorientos. Un año después
del retorno a la madre patria, residiendo
en la ciudad de Birmingham,
Mabel recibió las malas noticias de
que su esposo había caído inesperadamente
enfermo, y de hecho falleció no mucho
después. Quedando viuda tan joven con
dos niños pequeños, afrontó
con audacia la nueva situación adversa.
No pudiendo quedarse para siempre en la congestionada
casa de los padres de Mabel, pero no disponiendo
de recursos económicos suficientes
para instalarse por su cuenta, la valiente
madre de Tolkien fue buscando un buen alojamiento
lo bastante barato para vivir ella con sus
hijos.
Fue así en
el verano de 1896 que encontró una
casa de ladrillos en la cercana aldea de Sarehole,
poco más que un kilómetro y
medio de los límites meridionales de
Birmingham. Olvidándose de los paisajes
secos de Sudáfrica y los ruidos urbanos
de Birmingham lo suficientemente lejos, ¡qué
contraste más agradable supuso para
Tolkien la vida rural inglesa! Durante sus
años de niñez, mientras vivía
en Sarehole, Tolkien se enamoró del
campo, de los arroyos, de los árboles,
y fue donde su imaginación se hizo
muy receptiva y creativa. En el suave paisaje
rural de Sarehole, y en sus habitantes, se
inspiró Tolkien para crear su querida
Comarca, poblada de la raza de los Hobbits
o los Medianos, lugar entrañable donde
comienza y termina El Señor de
los Anillos. Pero también allí
donde desarrolló un aborrecimiento
por quienes destruían a los árboles
sin ningún motivo. Relata un incidente
que le marcó para siempre: Había
un sauce suspendido sobre el estanque del
molino, y aprendí a trepar por él.
Creo que era del carnicero de la calle Stratford.
Un día lo cortaron. No hicieron nada
con él. El tronco quedó allí,
caído. Nunca lo olvidé.
Su madre no tenía
medios para pagar un tutor para sus hijos,
por lo que ella misma se encargó de
darles la mejor educación posible.
Afortunadamente era muy capaz, pues sabía
pintar, dibujar y tocar el piano, además
de tener conocimientos de latín, alemán
y francés. Pronto se dio cuenta de
que su hijo mayor tenía una gran aptitud
para el estudio de las lenguas; le gustaba
especialmente el latín —el sonido,
la forma y el significado preciso de las palabras
encantaron al niño Tolkien. También
a su madre le preocupaba que sus hijos leyeran
muchos y buenos libros. Ya por entonces, al
joven Tolkien le gustaron algunos de los cuentos
de hadas de George Macdonald,
autor que también influyó a
G.K. Chesterton, y los de
Andrew Lang. Fue en esta
época temprana de su vida cuando empezó
Tolkien a cultivar su habilidad por la filología,
que sería un hecho de capital importancia
para su posterior creatividad literaria.
Por esos mismos años,
mientras Tolkien comenzaba su interés
por el lenguaje —su estructura, su expresión
de cultura y su historia— su madre se iba
acercando cada vez más al catolicismo,
y consecuentemente, se iba alejando cada vez
más de su propia familia. El cristianismo
formaba parte importante de la vida familiar
de Tolkien, especialmente desde la muerte
de su padre. Todos los Domingos iban a una
iglesia anglicana, pero un Domingo, su madre
llevó a sus hijos a la parroquia católica
de St. Anne, situada en los
barrios bajos de Birmingham. Fue en la primavera
del año 1900, cuando su madre y su
tía, May Incledon,
recibieron catequesis en St. Anne y en junio
del mismo, fueron recibidas discretamente
en la Iglesia Católica.
Hemos de tener muy
presente que este hecho, para nosotros hoy
en España, no supone gran cosa, pero
sí supuso para Mabel Tolkien una hazaña
sin igual en la hostil Inglaterra anglicana
de 1900, que veía todo lo católico
y romano como algo anti-inglés. Además
esto ocurrió unos diez años
después de la muerte del Cardenal John
Henry Newman, que por entonces su
influencia en la cultura religiosa inglesa
era reciente y notable. La valiente madre
de los hermanos Tolkien tuvo que sufrir no
poco al dar este paso de conversión
al catolicismo.
Fueron
objeto ella y su hermana, de la ira de sus
propias familias, y Mabel por parte también
de la familia de su esposo. Su hermana May
Suffield fue obligada a renunciar
al catolicismo, en contra de su voluntad,
lo que dejó a Mabel sola ante el peligro.
A Mabel le fue quitado todo el apoyo familiar,
incluyendo el económico, mientras no
recapacitara. Con el paso del tiempo, sus
familiares se dieron cuenta de que Mabel seguía
firme en su conversión, y esto hizo
que creciera su hostilidad hacia ella. Naturalmente
esto supuso una terrible tensión emocional,
moral, espiritual y física en la madre
de Tolkien, que contribuyó a afectarle
seriamente su salud. Nada de esto pasó
desapercibido en Tolkien, que fue educado
en la religión católica ya desde
los ocho años. Tiempo después,
a los 21 años de edad, Tolkien escribiría
(Cartas nº 142) sintiéndose
agradecido por haber sido educado {desde los
ocho años} en una Fe que me ha nutrido
y me ha enseñado todo lo poco que sé;
y eso se lo debo a mi madre, que se atuvo
a su conversión y murió joven,
en gran medida por las penurias de la pobreza,
que fueron las consecuencias de ello… Y ahondando
con agradecimiento sobre la heroicidad abnegada
de su madre, también escribió:
Mi querida madre fue en verdad una mártir,
y no a todos Dios concede un camino tan sencillo
hacia sus grandes dones como nos otorgó
a Hilary {su hermano pequeño} y a mí,
al darnos una madre que se mató de
trabajo y preocupación para asegurar
que conserváramos la fe. Fácilmente
descubrimos un paralelo notable entre Mabel
y Santa Mónica, cuyas
lágrimas, oración y sacrificio,
fueron decisivas para la fe cristiana de su
hijo, San Agustín.
Tolkien
sería entonces, ya desde esa tierna
edad, un católico convencido profundo,
hecho que influiría poderosamente a
lo largo de su vida, cuyos reflejos descubrimos
en sus escritos, especialmente en El Silmarillion,
libro suyo menos conocido pero clave, editado
después de su muerte por su hijo Christopher,
consistente en ser el cuerpo central de las
narraciones míticas que dan la profundidad
histórica para apreciar y comprender
mejor los acontecimientos cronológicamente
posteriores en El Señor de los Anillos.
La conversión de la madre y los niños
a la fe católica era, sin duda alguna,
lo más decisivo en la familia de Tolkien,
aunque no fue el único acontecimiento
crucial. El tiempo seguía imparable
su curso, y en septiembre de 1900, el niño
Tolkien ingresó en el King
Edward’s, el colegio donde había
ido su padre. Pero, como suele decirse, cuando
las puertas se cierran, Dios abre una ventana,
afortunadamente un tío paterno siguió
teniendo buena disposición hacia la
familia, a pesar de la fuerte polémica
sobre la conversión al catolicismo,
y costeó la matrícula, que era
de 12 libras esterlinas al año.
Desafortunadamente,
la escuela—un edificio imponente—se situaba
en el centro de Birmingham, a unos seis kilómetros
y medio de la casa de Sarehole, y resultaba
caro para su madre pagar el viaje en tren,
cuya estación tenía que Tolkien
caminar unos dos kilómetros en las
muy tempranas mañanas. Y de regreso,
muchas veces era oscuro, y en la estación
local, iría su hermano pequeño
a recibirle con un farol encendido. Al fin
la familia se mudó a una casa alquilada
en Moseley, localidad más
cercana al centro de Birmingham. Vivir en
zona urbana, con sus calles bien transitadas,
los tranvías, el tráfico y los
tristes rostros de la gente, las chimeneas
humeantes de las fábricas, supuso para
Tolkien un fuerte y muy desagradable contraste
con la vida apacible de que disfrutaba en
el campo. Esta experiencia nefasta también
le marcó poderosamente, y fue el humus
en que se inspiraría años después
para describir la terrible y desoladora fealdad
de la región de Mordor, tierra donde
se extienden las sombras, lugar donde el mal
nunca duerme, la tierra del Señor
Oscuro, la tierra inhóspita
de aquel que es Señor de los todos
los Anillos.
Pero
esta casa alquilada iba a ser demolida, por
lo que tuvieron que trasladarse a otra casa
cercana, situada detrás de la estación
ferroviaria de de la localidad de King’s
Heath. Los ruidos de las locomotoras
y su carbón y humo sólo sirvieron
para desesperar más al niño
Tolkien, que añoraba cada vez más
la pureza natural de lo rural. Pero tampoco
estuvieron aquí mucho tiempo, al tener
que trasladarse a Edgbaston
a comienzos de 1902, a una casa que dejaba
bastante que desear. El único consuelo
del nuevo hogar era que estaba muy cerca del
Oratorio de San Felipe Neri
de Birmingham, una gran Iglesia fundada hacía
más de 50 años antes por el
Cardenal John Henry Newman.
Fue aquí, providencialmente, donde
Mabel conoció al párroco nuevo,
el P. Francis Xavier Morgan,
que llegó a ser un valioso amigo de
la familia y sacerdote realmente comprensivo
y ejemplar.
Por
estos años, la salud de Mabel iba empeorándose,
pues se le había diagnosticado diabetes,
que por esa época, no tenía
tratamiento. En abril de 1904, en una recuperación
parcial, se le ocurrió al P. Francis
disponer de un lugar para su convalecencia
en Rednal, una aldea de la
comarca de Worcestershire,
a unas pocas millas de Birmingham. Durante
ese verano, los hermanos Tolkien disfrutaron
como nunca de su vuelta a la vida rural. El
P. Francis, siempre tan atento al bien de
los niños, fumaba en una pipa de madera
de cerezo, hecho que influiría en forjar
ciertas costumbres de los personajes de los
hobbits, habitantes pacíficos de la
idílica Comarca: su afición
al tabaco de pipa. Los niños no se
dieron cuenta de que la salud de su madre
volvía a ser precaria. Sufrió
una recaída y el 14 de noviembre de
1904, murió en la paz del Señor,
a cuyo lado estaban el P. Francis y su hermana
May. En su testamento, Mabel había
designado al P. Francis tutor de sus dos hijos—decisión
providencial—pues en los años siguientes,
el venerable sacerdote mostró un afecto
y una generosidad constantes. Al capital que
le dejó Mabel para sustento y educación
de sus hijos, el P. Francis aumentaba la cantidad
de su propio bolsillo, gracias a ingresos
privados de los viñedos de su familia
en Jerez de la Frontera.
Les buscó alojamiento en casa de una
tía, Beatrice, cerca
del Oratorio, pero ella no les mostraba mucho
cariño, por lo que los pequeños
huérfanos pronto vieron la casa del
Oratorio como su verdadero hogar. Cada mañana,
los hermanos Tolkien asistían al P.
Francis en el altar y después tomaban
el desayuno con él en el refectorio
antes de irse a la escuela.
La
muerte de su querida madre y el generoso trato
por parte del P. Francis—todo esto marcó
profundamente al niño Tolkien. Siempre
se sintió muy agradecido —y esta cualidad
para un católico es esencialmente eucarística—
por todos los desvelos del P. Francis hacia
él y su hermano. Sin duda alguna para
Tolkien, su madre y el P. Francis fueron (especialmente)
muestras de la gracia providente de Dios,
“ángeles encarnados” y rostros palpables
de la misericordia y ternura del Padre celestial.
Años después llegó a
afirmar del sacerdote tutor en una carta a
su hijo, †Michael (Cartas nº 267):
Por primera vez aprendí de él
la caridad y el perdón. Pues esta experiencia
gozosa —de caridad, de misericordia y capacidad
de perdón— es una de las claves esenciales
para comprender el trasfondo de los acontecimientos
cruciales en El Señor de los Anillos.
El
tiempo siguió su curso, y la caridad
y capacidad de perdón que Tolkien aprendió
del P. Francis en los años posteriores
de la muerte de su madre, fueron realmente
decisivos para contrarrestar el dolor y tristeza
por la separación, que le duraron no
obstante toda la vida. Pero los acontecimientos
de las muertes tempranas de padre y madre,
a tan tierna edad, sirvieron para hacer de
Tolkien un hombre muy sensato y realista.
Y puesto que también era hombre muy
creyente, tuvo una gran sensibilidad para
con el mundo que le rodeaba. Fue descubriendo
personalmente que todo en esta vida se acaba,
que con el paso inevitable del tiempo, todo
es pasajero: la belleza, pero también
la fealdad; la niñez y la juventud,
pero también la madurez y la adultez;
la salud, pero también la enfermedad;
el gozo y la alegría pero también
la pena y la tristeza; incluso hasta el mismo
tiempo es pasajero porque también el
tiempo se nos acaba… De ahí que Tolkien
llegó a valorar muchísimo el
aprovechar bien el tiempo que Dios nos ha
concedido.
Pues
bien, esta realidad que percibía con
meridiana claridad, despertó en él
la fuerte sensación de una “nostalgia”
o “pérdida irrecuperable”, por unos
tiempos más dichosos que no podrían
volver jamás. Pero, paradójicamente,
tampoco sería provechoso querer detener
el tiempo, ya que vamos caminando —pues el
camino sigue y sigue, como cantan algunos
de los hobbits en su obra— hacia una plenitud
en el futuro, aunque ese futuro es, esencialmente,
incierto y sin garantías, porque nosotros
mismos podemos, con nuestra libertad mal empleada
(=pecado) malograrlo. Que las luchas de la
vida no se ganaban de forma total y definitiva,
que incluso en las victorias, había
derrotas. Que no hay amor verdadero sin sacrificio,
que no hay salvación posible sin perdón,
que no hay perdón si no hay misericordia,
que en toda victoria en el mundo hay pérdida.
Que nuestro paso por este “mundo caído”
(por el pecado de Adán
y Eva, del que todos participamos,
exceptuando la Santísima Virgen
María) está lleno de
tribulación, es como una larga derrota
en medio de estériles victorias. Es
algo como ha dicho agudamente un compañero
sacerdote: Vamos de derrota en derrota, hacia
la victoria final. Que la terrible losa de
la muerte acabaría irremediablemente
con todo —no sólo con el tiempo y la
vida, sino con toda esperanza en la vida,
con toda ilusión, con todo proyecto
humano, que por nada valdría la pena
luchar— el paso inexorable del tiempo y la
muerte serían muros infranqueables,
portadores de una amargura existencial terrible,
de no poder vencerlos…
Pero
como católico que era, era muy consciente
—y consolado por ello— de que, por la misericordia
de Dios, en quien creía con toda su
alma y con todo su corazón y con todo
su ser, efectivamente, hay salvación:
hay salvación del mal y del pecado,
que estropea toda la hermosura de la creación,
y hay salvación del paso del tiempo
que tiene por fin la muerte, por la que todo
llegaría a acabarse para siempre… Que,
a pesar de todo, siempre hay esperanza: esperanza
que nos alienta para seguir adelante, entregándonos
en cuerpo y alma, rompiéndonos el corazón
y las entrañas como hacen Frodo y Samsagaz,
hobbits protagonistas de su libro, para destruir
el Anillo de Poder, aunque a nuestro alrededor,
se desvanecen hasta los más pequeños
indicios y motivos para la esperanza. Que
hay una luz que alumbra cuando todas las demás
luces se nos apagan. ¿Cómo se
puede comprender y vivir esto?
Lo
que voy a decir ahora es absolutamente esencial
para comprender el mundo real que nos rodea,
y también para comprender el desenlace
de El Señor de los Anillos:
¿por qué Tolkien nos asegura
que siempre hay esperanza? Porque la historia
de la Tierra Media es un relato mítico
de historia de salvación, pues la salvación
es un hecho gozoso, digno de ser relatado:
hay salvación del paso del tiempo y
la muerte, porque en Dios Creador hay perdón
y sacrificio, hay perdón y sacrificio
porque tiene misericordia, y hay perdón,
sacrificio y misericordia porque la gracia
y la providencia, sirviéndose de la
libertad de las criaturas —tanto para bien
como para mal— hacen posible que las cosas
extremadamente adversas den un giro tan radicalmente
favorable como inesperado, en la hora de la
duda y la prueba más dura, al borde
de la desesperanza. Son todos estos factores
los que misteriosamente rigen los destinos
de nuestra vida e historia personal y colectiva,
y, claro está, la vida y la historia
de los personajes y los pueblos de la Tierra
Media en El Señor de los Anillos.
Comprendidas
estas afirmaciones claves, llegamos a asombrarnos,
por lo tanto, de que, efectivamente, también
es pasajero el mal, el dolor, el sufrimiento
y hasta la mismísima muerte lo es,
que aunque haya “pérdidas irrecuperables”,
no las hay sin victoria final, que el tiempo
se nos acaba pero porque se convierte en eternidad…
gracias a los acontecimientos cumbres de la
historia de la salvación: la Encarnación
de la Palabra de Dios y la Pascua de Resurrección
de Jesucristo. Es la gran verdad que nos hace
libres y, como dice la liturgia de Pentecostés
al cantar del Espíritu Santo,
es la fuente del mayor consuelo: ¡verdaderamente
ha resucitado el Señor! El Evangelio,
pues, en su sentido etimológico griego,
ciertamente lo vivía Tolkien como una
gran Buena Noticia. Pues bien, todas estas
profundas vivencias cristianas de Tolkien
están maravillosamente presentes, si
bien discretamente, como un atisbo de victoria
final, en El Silmarillion y en
El Señor de los Anillos. La maravillosa
genialidad de Tolkien está en que todo
este destello de la Buena Noticia cristiana
está presente en su libro, pero cuyos
acontecimientos tienen lugar siglos antes
de la venida de Cristo. Es una historia hermosa
de salvación implícitamente
cristiana, en un tiempo y culturas obviamente
pre-cristianas por fecharse, deliberadamente,
antes de Cristo. El hilo conductor de El
Silmarillion y El Señor de
los Anillos es una historia maravillosa
de esperanza contra-toda-esperanza, y en este
sentido viene a ser, pues, un pre-anuncio
sublime del Evangelio cristiano.
(Sigue
en la página siguiente)
 
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