El
tiempo sigue su curso natural y al igual que
el Niño Jesús,
Tolkien iba creciendo en sabiduría,
en estatura y en gracia, ante Dios y ante
los hombres. Era jovial y alegre por naturaleza,
le encantaba el aire libre, pasear tranquilamente
y pasarlo sanamente bien con sus buenos amigos,
que le era fácil entablar. Y tenía
una cualidad que mantendría a lo largo
de su vida: la de rumiar, saborear, las cosas
en su interior. No era, ni mucho menos, superficial,
más bien, todo lo contrario. Proseguía
sus estudios, donde claramente destacó
en el campo filológico. Con la ayuda
de sus profesores, indagaba cada vez más
en la lingüística: una cosa era
saber y hablar y escribir latín, griego
y alemán (y con el tiempo otras 14
lenguas), y otra muy diferente saber el por
qué las variadas gramáticas
eran como eran.
Al
descubrir el antiguo anglosajón, el
inglés medieval, el finlandés,
el galés y el gótico, quedó
maravillado acerca de la sonoridad y expresividad
de estas lenguas. Serían la base de
las lenguas que inventaría para su
mitología (a destacar las variedades
quenya y sindarin
de la hermosa lengua de los Elfos)
para darle verosimilitud y un fuerte sentido
de realismo —cosa que logró con increíble
fuerza. Es más: en primer lugar, crea
una lengua, con gramática y vocabulario,
y luego desarrolla toda una cultura e historia,
y en este sentido, es una muestra de impresionante
habilidad creativa. Al fin pudo leer en lengua
original el gran poema heroico de la literatura
inglesa, Beowulf, una obra
de más de 3100 versos, comparable al
Cantar de Mío Cid
en español o a la Chanson de
Roland francés. Beowulf le
llamó poderosamente la atención
y le despertó el interés para
crear él mismo sus propias historias.
Las semillas de la creación mítica
de la Tierra Media ya estaban puestas.
Llegaban las vacaciones
de verano, y el P. Francis llevaba a Tolkien
y su hermano a Lyme Regis,
donde lo pasaban bien por las playas. Como
el P. Francis era hombre sensible, se dio
cuenta de que los adolescentes hermanos no
eran felices en la casa de su tía,
por lo que al comienzo de 1908, les buscó
alojamiento en Birmingham en unas habitaciones
que alquilaba la Sra. Faulkner,
cerca del Oratorio. La habitación de
los hermanos estaba en la segunda planta,
y justamente debajo vivía una bella
joven huérfana, llamada Edith
Mary Bratt. Ella tocaba muy bien
el piano y los tres se hicieron buenos amigos.
Pero la amistad entre Tolkien y Edith, tres
años mayor que él, llegó
a ser bastante más que simple amistad
juvenil, pues se enamoraron. Fue el primer
y único amor en la vida de Tolkien.
Pero
el P. Francis seguía siendo el tutor
legal, y Tolkien, con sus 16 años,
era aún menor de edad hasta cumplir
los 21. Al sacerdote le preocupaba que el
joven Tolkien se distraía demasiado
de sus estudios, y era un momento importante
para él, pues tenía que sacar
beca y aprobar su ingreso a la Universidad
de Oxford, y para ello tenía
que estudiar muy en serio. Así que
tomó la firme decisión de decirle
a Tolkien que, para su bien, no se viera con
Edith, al menos durante esos años cruciales.
Sin duda, fueron unos años muy duros
para Tolkien y Edith, pues realmente se amaban,
pero el fuerte sentido del deber y el amor
obediente que Tolkien honradamente consideraba
que le debía al P. Francis —que había
sido un padre más que la mayoría
de los verdaderos padres, según llegó
a escribir— le movió a sacrificar verse
con quien sería, con el tiempo, su
esposa. Tolkien siempre agradeció al
P. Francis su cuidado, incluso esta decisión
difícil que le supuso mucho sacrificio,
pero que sirvió para hacer más
auténtico el amor que sentía
hacia el P. Francis y Edith.
A
finales de 1910, a Tolkien le fue concedida
una beca para estudiar en el Exeter
College, vinculada a la Universidad
de Oxford. Como hogar de Tolkien durante sus
años de universitario, siempre le impresionó
la grandiosidad del campus. La formación
académica era personal, donde los tutores
hacían leer a cada estudiante muchos
libros, sobre los que luego el alumno tenía
pensar y discurrir, formar sus propias opiniones,
sometiéndolas a examen crítico,
y luego hacer sus propios ensayos. Esto hacía
perder el miedo de hablar en público
y ayudaba a desarrollar un espíritu
crítico sobre los pareceres ajenos
y propios. Fue durante estos años donde
Tolkien fue decantándose más
a favor de autores germánicos, que
griegos y latinos. Y fue también allí
donde descubrió el celta
y el Kalevala finés,
un conjunto de historias y mitos de los héroes
de Finlandia.
Con
el tiempo llegó a examinarse en Clásicas
que en Oxford se llamaba Honour Moderations,
donde sacó un alfa pura (matrícula
de honor) en su asignatura favorita: Filología
Comparada, donde sigue siendo una
autoridad en esta disciplina. Se trasladó
al Oxford English School, de exigente nivel
académico, donde prosiguió sus
estudios lingüísticos. Se familiarizó
aquí con las sagas del noruego antiguo
y la mitología islandesa, que también
le sirvieron de inspiración para la
creación de su propia mitología,
aunque por ser la suya propia, con claro trasfondo
cristiano. Los gustos literarios de Tolkien
terminaban con Geoffrey Chaucer
(s. XIV), pues siempre prefirió el
tono heroico y arcaico del lenguaje en que
estaban escritas las primeras obras de la
literatura europea.
Al
ir de vacaciones de verano a Cornualles,
Tolkien quedó impresionado por la inmensidad
del mar, los arrecifes y las montañas.
Todos estos bellos paisajes, junto con sus
imborrables recuerdos rurales de Sarehole,
y también los aborrecibles recuerdos
de la industria de Birmingham, le inspirarían
para crear su propio mundo mítico y
sus historias. Empezó a escribir versos,
prosa y poemas. Estos comienzos fueron el
origen de sus grandes obras literarias. Eduardo
Segura, en su libro, J.R.R. Tolkien, el
mago de las palabras, así lo describe:
En 1915, {ya en plena I Guerra Mundial} ya
había desarrollado una lengua inspirada
en el finés, e incluso había
redactado poemas en ella. Comenzó a
plantearse la necesidad de crear un conjunto
de historias, conectadas unas con otras, que
hiciesen creíble ese idioma. Siempre
trabajaba como un filólogo; es decir:
hacia atrás, tratando de averiguar
cómo habían sido las palabras
en el pasado, y cuál era el argumento
que las unía y hacía coherentes
a través de la historia.
Al
fin llegó el tiempo para casarse con
el único amor de su vida, que felizmente
tuvo lugar en la parroquia de Warwick
el 22 de marzo de 1916. Pero Edith había
sido una devota anglicana y eso era un obstáculo
a superar, ya que Tolkien consideraba que
la Reforma protestante, con
su falta de coherencia y seriedad, había
ridiculizado el cristianismo. Edith estaba
indecisa con respecto a convertirse al catolicismo,
pero al final se mostró favorable,
aunque tardó su tiempo. Y al igual
que pasó a la madre de Tolkien, también
tuvo que sufrir disgustos por la incomprensión
de este paso importante. Tolkien intentaba
consolarla diciéndole que su madre
había sido perseguida por vivir en
la verdad, al igual que él, así
que ella también lo sería. Los
dos tenían una personalidad fuerte
por lo que habrían de discutir con
frecuencia acerca de cosas importantes, pero
también aprendieron que el perdón
mutuo era fruto de su amor.
Muy
poco después de casarse, Tolkien tuvo
que cumplir con su deber patriótico
de servir en el ejército británico,
destinado al frente francés: a Flandes
y a defender el río Somme.
La Gran Guerra, una de las
más crueles en la historia, supuso
una enorme convulsión del mundo de
entonces. Un párrafo lúcido
del ya citado Eduardo Segura resume muy certeramente
la imborrable influencia de esta guerra en
Tolkien, y por analogía, en los acontecimientos
en El Señor de los Anillos:
Es muy difícil explicar la impresión
que una experiencia como la guerra… deja en
el alma de cualquier persona… Tolkien era,
además, un hombre muy sensible. Los
horrores que vivió en las trincheras
se imprimieron para siempre en su memoria.
Pero no se convirtió en un irónico
pesimista, ni en un cínico, y menos
aún en un ser melancólico, como
ocurrió con muchos de los supervivientes
de aquel infierno. Tolkien no sobrevivió
solamente la guerra, sino también el
odio y la desesperación. En 1918, la
vida, una vez más, seguiría
su curso; y no habría lugar para la
renuncia a seguir caminando, aun en medio
del dolor y la pérdida. De enormes
bajas, tanto de ingleses y franceses como
los enemigos alemanes, y de sus amigos de
niñez, Tolkien perdió a todos
menos uno en Flandes.
Los
oficiales no agradaban especialmente a Tolkien,
que prefirió estar con los soldados
de-a-pie y los suboficiales. A éstos
los veía como hombres particularmente
leales, que hacían lo que debían
porque consideraban que era su deber, no porque
les gustase hacerlo. De estos hombres corrientes
pero valientes, Tolkien aprendió mucho
y se inspiró en ellos para forjar el
carácter de los medianos hobbits: una
gente que amaba el campo, apacible, sencilla,
de escasa imaginación pero de mucho
corazón, sentido común, valor
y lealtad inquebrantable a la hora de la prueba.
Tolkien escribió acerca de uno de los
personajes clave de El Señor de
los Anillos: Mi Sam Gamyi
es en realidad un reflejo del soldado inglés,
de los asistentes y soldados rasos que conocí
en la guerra de 1914, y que me parecieron
tan superiores a mí mismo.
De
sus recuerdos de pesadilla de la guerra, vemos
claros indicios en la descripción de
Mordor, la tierra del Señor Oscuro:
las ciénagas de los muertos que Frodo,
Sam y Gollum atraviesan al acercarse a las
montañas ominosas del país de
la Sombra, la tierra arrasada, quemada, los
árboles mutilados y retorcidos, los
rostros horribles de los cadáveres…
son ecos del aire irrespirable de las trincheras
de Flandes, llenas de cadáveres de
jóvenes cuyos ojos inertes miraban
al vacío. Tolkien cayó enfermo
con la temible “fiebre de las trincheras”,
por lo que fue evacuado en un barco hospital
a Inglaterra. Cuando en noviembre de 1918
terminó “la guerra que había
de acabar con las guerras,” al regresar Tolkien
a Oxford, encontró que sólo
unas 300 personas, de los 3000 residentes
de la ciudad universitaria, habían
sobrevivido a la Gran Guerra.
Pero
el camino de la vida, como todas las grandes
historias, sigue y sigue. Tolkien llegó
a trabajar como “lector” de lengua inglesa
en la Universidad de Leeds.
Al matrimonio le fueron naciendo sucesivamente
los cuatro hijos. Como buen padre, Tolkien
dedicaba mucho tiempo a su esposa y a sus
hijos, con quienes se mostró ser cariñoso.
Como él era un profesor e investigador
de gran capacidad, la Universidad de Leeds
le nombró profesor de lengua inglesa
en 1924. Y en 1925, llegó la oportunidad
de incorporarse a la plaza vacante de profesor
de anglosajón en la prestigiosa Universidad
de Oxford. Como era el más joven de
los aspirantes, y por tanto, con menos experiencia,
y porque era, además, católico,
parecía que tenía algunas desventajas,
pero su competencia en la materia era incuestionable,
y por fin consiguió ese puesto.
Con
este paso, empezaba la época más
estable para Tolkien, como profesor universitario
y como buen padre de familia. Preparaba concienzudamente
sus clases, ayudaba a sus hijos con sus deberes,
hacía los recados que su esposa le
pedía cuando iba y venía a la
ciudad en bicicleta, se reunía con
sus amigos, con profesores y tutores de la
Universidad, escribía libros y cartas,
y pensaba cada vez más intensamente
en su creciente teoría literaria acerca
del género de “mito,” o “cuento de
hadas” y su capacidad creativa de comunicar
la verdad. En 1926, conoció a Clive
Staples Lewis (Jack), que sería
un gran amigo personal suyo, pues ambos tenían
inteligencias privilegiadas y compartían
los mismos intereses literarios e inquietudes
espirituales.
Tolkien,
como católico absolutamente convencido,
tuvo que topar con muchas corrientes de opinión
en el ambiente universitario, pero él
siempre siguió plenamente seguro de
la verdad objetiva de la fe que había
heredado de los Apóstoles, por medio
de los sacrificios de su querida madre y la
generosa dedicación del P. Francis.
Como muy agudamente comenta Joseph
Pearce, en su magnífico libro,
Tolkien: Hombre y mito: Para Tolkien,
el catolicismo no era una opinión que
uno suscribía, sino una realidad a
la que uno se sometía. En pocas palabras
y dejando de lado la seudosicología,
Tolkien siguió siendo católico
por la simple y terminantemente razón
de que para él el catolicismo era verdad.
Pues
bien, gracias a sus encuentros amigables y
con grupos universitarios de debate, en los
que los asistentes compartían similares
inquietudes intelectuales, literarias y espirituales,
se llegó a formar el grupo de amigos
Los Inklings, cuya definición
en inglés medieval es “noción
vaga, intuición, sospecha.” Desde 1933
hasta 1962, se reunieron Tolkien,
Lewis, Owen Barfield
(abogado de Londres), Hugo Dyson
(profesor en Reading y en Oxford), Warnie
Lewis (hermano de Jack), R.E.
Havard (médico de Oxford que
atendía a las familias de Tolkien y
Lewis), Charles Williams
(editor), y con el tiempo, también
Christopher Tolkien. Eran
encuentros informales entre amigos con muchas
cosas en común: reuniones para conversar,
debatir, compartir perspectivas religiosas,
cantos, poesía y prosa, que hacía
crecer la unión de corazones entre
ellos.
Gracias
a estos encuentros, y gracias al apostolado
directo del propio Tolkien, Lewis con el tiempo
pasó de su agnosticismo existencial
a abrazar la fe cristiana, aunque no llegó
a confesar la fe católica, se mantuvo
en el anglicanismo en que había sido
educado desde pequeño. Algunos le habían
advertido que no se fiara de los papistas
y los filólogos, cosa irónicamente
curiosa, pues como diría Lewis acerca
de su amistad: Tolkien era ambas cosas. Sus
conversaciones con Tolkien acerca de la religión
y el género literario de mito, como
vehículo para reflejar la verdad, fueron
los decisivos para su conversión al
cristianismo. Al grupo de los Inklings, Lewis
dedicó su autobiografía, en
la que cuenta la historia de su propia conversión,
y escogió como título: Cautivado
por la Alegría.
En
gran parte, eso de estar “cautivado por la
alegría” (expresión feliz donde
las hay), se debe a la amistad personal con
Tolkien, y también, gracias a El
Señor de los Anillos…
(Sigue
en la página siguiente)
 
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