EL
SEÑOR DE LOS ANILLOS: LA VERDAD CRISTIANA
DETRÁS DEL MITO DE TOLKIEN
Tres anillos para
los Reyes Elfos bajo el cielo. Siete para
los Señores Enanos en casas de piedra.
Nueve para los Hombres Mortales condenados
a morir. Uno para el Señor Oscuro,
sobre el trono oscuro en la Tierra de Mordor
donde se extienden las Sombras. Un Anillo
para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,
un Anillo para atraerlos a todos y atarlos
en las tinieblas, en la Tierra de Mordor donde
se extienden las Sombras.
Curiosamente,
Tolkien en realidad no se consideraba un escritor
católico, sino más bien un escritor
que resultaba ser católico. Y asimismo
El Señor de los Anillos no es una apología
ni alegoría del cristianismo, ni de
ninguna otra cosa, pero sí es aplicable
a muchas realidades, y leído bien,
puede hacer, paradójicamente, más
por la evangelización. Ya estaba concluido
El Señor de los Anillos, pero
poco antes de su eventual publicación,
en una carta que Tolkien recibió el
2 de diciembre de 1953, del P. Robert
Murray, jesuita, nieto de Sir James
Murray (fundador del Oxford English
Dictionary), y amigo íntimo
de su familia, Tolkien le respondió
el mismo día. Estaba muy contento de
que el P. Murray le había mencionado
algunas observaciones e impresiones agudas
acerca de lo que sería su obra magna.
Entre otras cosas, al P. Murray le parecía
que el personaje de Galadriel,
la Reina de los Altos Elfos de Lothlórien,
tenía ciertas semejanzas con la Santísima
Virgen María, y la impresión
general de que El Señor de los Anillos
se mostraba particularmente compatible con
la perspectiva teológica católica
acerca del orden de la Gracia {de Dios}.
En
su carta de respuesta (Cartas nº
142), Tolkien reconoció: El
Señor de los Anillos es, por supuesto,
una obra fundamentalmente religiosa y católica;
de manera inconsciente al principio, pero
luego cobré conciencia de ello en la
revisión. Con respecto a la alusión
a la Virgen María y la compatibilidad
con el orden de la Gracia, dijo: … me animó
especialmente lo que tú has dicho…
pues eres más perceptivo, especialmente
en ciertas direcciones, que ningún
otro, y aun a mí me has revelado con
mayor claridad ciertos aspectos de mi obra.
Creo que sé exactamente lo que quieres
decir con el orden de la Gracia; y, por supuesto,
con tus referencias a Nuestra Señora,
sobre la cual se funda toda mi escasa percepción
de la belleza tanto en majestad como en simplicidad.
Y luego, curiosamente, hace un comentario
aparentemente paradójico, que resulta
ser clave para comprender el alcance cristiano
de su obra: Ésa es la causa por la
que no incluí, o he eliminado, toda
referencia a nada que se parezca a la “religión”,
ya sean cultos o prácticas, en el mundo
imaginario. Porque el elemento religioso queda
absorbido en la historia y el simbolismo.
Tolkien
explica así su decisión porque
quiere que su libro fuera ortodoxo desde el
punto de vista de la teología natural,
(muy apreciada y defendida por la Iglesia
en numerosas intervenciones del magisterio
papal y más sistemáticamente
en el Concilio Vaticano I), por la
cual se pueden aprehender las verdades sobre
Dios y sobre el hombre (=antropología
teológica) a partir de las cosas creadas
—la naturaleza, el mundo, el mismo hombre—
con el uso de la razón. No que la sola
razón puede llegar a comprender mejor
a Dios y a su creación —para ello es
necesario el don de la fe, y aún así
no agotamos el conocimiento divino— pero que
la fe, no siendo racionalismo puro, sí
es razonable. De ahí que la religiosidad
en la obra de Tolkien es implícita,
quedando absorbida en la narración
histórica y en el simbolismo.
Esto
da pie a otra referencia imprescindible para
situar mejor nuestra comprensión de
El Señor de los Anillos: es
la de tener presente su contexto histórico,
dentro de toda la obra mitológica de
su autor. Necesariamente implica situarlo
con referencia directa con El Silmarillion,
obra de su vida, que acompañó
a Tolkien durante unos 60 años, que
nunca llegó a terminar, pero que su
hijo, Christopher, llegara a recopilar diversos
escritos para darle forma coherente para su
publicación después de la muerte
de su padre. Mucho más claramente que
en El Señor de los Anillos,
hay muchas referencias explícitamente
religiosas, con perspectiva cristiana, en
El Silmarillion.
Una opinión
bastante difundida sobre el trasfondo de la
supuesta lucha entre el Bien y el Mal, sin
más, en El Señor de los
Anillos, no hace justicia al tema realmente
de fondo de la obra de nuestro autor. En cierta
ocasión, escribió (Cartas
nº 186 borrador): No creo que ni
siquiera el Poder o el Dominio
sean el verdadero centro de mi historia… El
verdadero tema para mí se centra en
algo mucho más permanente y difícil:
la Muerte y la Inmortalidad;
el misterio de amor por el mundo en los corazones
de una raza “condenada” a partir y aparentemente
a perderlo {los Hombres Mortales}; la angustia
en los corazones de una raza “condenada” a
no partir en tanto su entera historia no se
haya completado {los Elfos Inmortales).
Aunque
sea una pincelada, me veo obligado a hacer
algunas alusiones básicas a El
Silmarillion para mejor contextualizar
los personajes y acontecimientos posteriores
en El Señor de los Anillos.
El Silmarillion relata, con gran
fuerza y belleza, las historias de la Primera
y Segunda Edad, la creación
de la tierra en el principio, por parte del
Dios Único, cuyo nombre en lengua élfica
—Ilúvatar— significa
“Padre de todos”. Dios creó de la nada
a los Ainur, los Sagrados,
vástagos de su pensamiento —o sea,
los ángeles bíblicos o los dioses
paganos—, y les propuso temas de música
para que cantasen bellezas en armonía,
y así tomar parte en la creación
de la Tierra. Cantaron ante él y sus
voces eran como arpas y laúdes, pífanos
y trompetas, violas y órganos; y Dios
se complació, porque eran buenos y
hermosos los seres espirituales que había
creado. Al comienzo de la música, cada
Ainur cantaba solo mientras los demás
escuchaban, pues cada Ainur comprendía
sólo la parte de la música que
le correspondía, y eran lentos en comprender
el canto de sus hermanos. Pero cada vez que
escuchaban, alcanzaban una comprensión
más profunda, y crecían en unisonancia
y armonía. Se me antoja una sugerente
descripción de lo que es la Iglesia;
en todo caso, la segunda parte es una bella
descripción de lo que de hecho es la
Iglesia celestial…
Y sucedió
que Ilúvatar convocó a todos
los Ainur, y les comunicó un tema poderoso,
descubriendo para ellos cosas todavía
más grandes y maravillosas que las
reveladas hasta entonces; y la gloria del
principio y el esplendor del final asombraron
a los Ainur, de modo que se inclinaron ante
Ilúvatar y guardaron silencio. Entonces
les dijo Ilúvatar:--Del tema que os
he comunicado, quiero ahora que hagáis,
juntos y en armonía, una Gran Música…
Pues bien, los bellos temas musicales
llegaron a ser dulces y sobrecogedores, hasta
crear los seres “a imagen y semejanza” de
Dios-Ilúvatar, sobre la Tierra: los
Hijos Mayores serían los Elfos Inmortales
(aunque eso de “inmortales” habrá que
matizar), la raza más hermosa y noble
de todas, los Hijos Menores sería la
raza de los Hombres Mortales y los emparentados
Hobbits, mientras que los Enanos fueron creados
después.
Pero,
así como ocurrió con la creación
real de nuestro mundo, tal como la Tradición
cristiana lo recoge, uno de los ángeles,
llamado Melkor, luego Morgoth, se rebeló,
por su orgullo y soberbia, contra la armonía
celestial y terrena, y a propósito,
desafinó en el canto de los Ainur.
Eso hizo que la creación salida “buena”
de la mano de Dios, se estropeara, pues ya
no había armonía musical, ni
por tanto armonía en la obra de la
creación, según la voluntad
de Ilúvatar. Por instigación,
Morgoth sembró desconcierto
y miedo a la muerte a los Hombres Mortales,
haciéndoles sentir envidia de los Elfos
Inmortales. Aquí podemos ver un claro
eco de un pasaje altamente significativo de
la carta a los Hebreos (2,
14-15): Porque así como los hijos
comparten la sangre y la carne, también
él {Cristo} participó de ellas,
para destruir con la muerte al que tenía
el poder de la muerte, es decir, al diablo,
y liberar así a todos los que con miedo
a la muerte estaban toda su vida sujetos a
la esclavitud.
La
diferencia (antropológica) entre la
inmortalidad de los Elfos y la mortalidad
de los Hombres, ambos creados a imagen y semejanza
de Dios-Ilúvatar, desempeña
un papel crucial en el desarrollo de los acontecimientos,
tanto en El Silmarillion como en
El Señor de los Anillos. Estamos
ante el tema estrella de la mitología
de Tolkien: el paso del tiempo y la eternidad;
la vida y la evasión de la muerte.
Pero hemos de entender que la inmortalidad
de los Elfos es, en realidad, una especie
de longevidad; con fin del tiempo y del mundo,
también los Elfos morirían y
Dios no les ha revelado aún lo que
será de ellos después. Mientras
que la mortalidad de los Hombres es más
fácil de comprender ¡porque esto
nos atañe a nosotros también!
El Hombre es un ser mortal por naturaleza,
pero en el origen de la creación, como
leemos en el libro del Génesis,
la muerte no era castigo antes de la Caída
de Adán y Eva bajo el engaño
del Maligno, sino un divino don (sería
como un dormirse en el Señor, una especie
de “asunción”, como en el caso singular
de la Virgen María) para unirse a Dios
más plenamente en un estado de gloria,
en un destino más allá de los
confines del mundo. La teología cristiana,
especialmente de los Padres Orientales, lo
llama la “divinización del hombre.”
Pero Dios, en la mitología deliberadamente
pre-cristiana de Tolkien, aún no se
ha revelado en plenitud con la Encarnación
y Resurrección de su Hijo Jesucristo.
En
resumen (y simplificando): Morgoth, en ángel
caído, tuerce los designios de Dios-Ilúvatar
e incita, poniendo duda en el corazón
de los Elfos y los Hombres, para que se rebelen
y rechacen la naturaleza dada a ellos por
Dios-Ilúvatar. Luego, mientras los
Hombres “mortales” buscan evadir la muerte
antes del fin del mundo creado, los Elfos
“inmortales” buscan evadir su longevidad,
ya que el fin del mundo creado también
sería para ellos la muerte. La malicia
de Morgoth, y luego la de un siervo de éste,
otro ángel caído, Sauron, el
que llegará a ser el Señor de
los Anillos de Poder, consiste en arrojar
una sombra de duda sobre el amor y la providencia
de Dios, con engaño muy sutil y astuto,
confundiendo luz con tiniebla, haciendo brotar
el mal del bien, y en poner miedo donde tendría
que haber esperanza en los designios del Creador,
aunque éstos no han sido aún
plenamente revelados.
Como
podemos ver muy fácilmente, los parecidos
con los relatos de la creación y la
caída en el libro del Génesis,
son evidentes. Y esto es así porque
el Dios de la Tierra Media y el Dios
revelado en el tiempo por Cristo, es el mismo
Dios que adoraba Tolkien como católico.
Así como la Palabra de Dios {Jesucristo
en persona} es artífice de la Creación
—en Cristo fueron creadas todas las cosas
(Col 1, 16)— y luego inspiró
a los autores sagrados para consignarlo en
las Sagradas Escrituras,
Tolkien se ve como un escritor (hagiógrafo)
que narra el mito de la Creación real
en un relato alternativo, en su mundo subcreado.
El mito, pues, según Tolkien, lejos
de ser mera fantasía banal, lejos de
ser mentira, lejos de ser abandono del hogar
y huida de la realidad, es, por el contrario,
fantasía muy real, relato para comunicar
las eternas verdades de la naturaleza humana
(desde el punto de vista cristiano), un deseo
de encontrar nuestro hogar, descubriendo lo
universal, y es una “escapatoria”, una incursión
—no excursión— al corazón mismo
de la realidad. Tras escribir El Señor
de los Anillos, el propio Tolkien confesó
en una carta muy iluminadora (Cartas nº
131): … tuve siempre la sensación
de registrar algo que siempre estuvo allí,
en alguna parte {en su mente y corazón
creyentes}; jamás la de inventar… Esta
historia crecía a medida que escribía.
Se me ocurre pensar que la “inspiración”
de Tolkien es algo así como la inspiración
de los Santos Padres al componer hermosos
textos litúrgicos, plasmando la experiencia
cristiana en lenguaje poético-celebrativo…
Pues
bien, siguiendo paralelamente el relato del
Génesis, la raza de los Hombres Mortales,
los Númenóreanos—
haciendo caso a los engaños de Sauron,
empezaron a envidiar a los Elfos Inmortales:
¿Por qué no hemos de envidiar
a los Valar (Altos Elfos) o aun al último
de los Inmortales? Pues a nosotros se nos
exige una confianza ciega y una esperanza
sin garantía, y no sabemos lo que nos
aguarda en el próximo instante. Pero
también nosotros amamos la Tierra y
no quisiéramos perderla. Sauron
sedujo a muchos de los Hombres Mortales a
desobedecer a Dios y a querer conquistar el
Reino Bendecido de los Elfos, llamado Valinor,
¡pues así no morirían
para siempre! Pero también sedujo a
muchos Elfos a despreciar su longevidad y
desear una suerte de paraíso terrenal
que estuviera libre del paso del tiempo y
su eventual muerte. El dilema de los Hombres
y los Elfos es, en el fondo, el de Adán
y Eva: comer del árbol prohibido y
no morir nunca, vivir como “dioses” en el
conocimiento del Bien y del Mal. Es decir,
¿por qué Adán y Eva {o
los Hombres y los Elfos} habrían de
desear, teniendo en cuenta todos los dones
que Dios les había dado por amor, querer
ellos mismos ser un dios? ¿O por qué
Satanás {o Morgoth
o Sauron} habría querido ocupar el
lugar que sólo corresponde a Dios {Ilúvatar)?
Tolkien da por hecho, fuera de escena, un
mundo caído en “pecado original” en
su universo subcreado, cuya Redención
por Cristo está en el lejano futuro.
Llegados
a este momento podemos adentrarnos con mejor
preparación en El Señor
de los Anillos. La forja de los Grandes
Anillos de Poder tuvo lugar en la
Segunda Edad de la Tierra Media. Fueron forjados
por los herreros Elfos de Eregion,
bajo los consejos astutos de Sauron, disfrazado
como “hermoso ángel de luz.” La finalidad
de su fabricación era con el propósito
de distribuir a los reyes de los Elfos, los
Hombres y a los Señores Enanos,
anillos que les ayudaran a gobernar mejor
a sus pueblos, a mantener hermosa la Tierra
Media, y a detener el paso del tiempo
y prevenir la muerte.
Tres anillos para
los Reyes Elfos bajo el cielo. Siete para
los Señores Enanos en casas de piedra.
Nueve para los Hombres Mortales condenados
a morir. Uno para el Señor Oscuro,
sobre el trono oscuro en la Tierra de Mordor
donde se extienden las Sombras. Un Anillo
para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,
un Anillo para atraerlos a todos y atarlos
en las tinieblas, en la Tierra de Mordor donde
se extienden las Sombras…
Pero
en secreto, Sauron forjó un Anillo
Regente, el Anillo Único,
depositario de gran parte de su ser y malicia,
que le serviría para someter a los
pueblos libres de la Tierra Media,
controlando las mentes de los demás
portadores de los anillos de poder. Los tres
Reyes Elfos fueron los más astutos
y descubrieron los malvados intentos de Sauron
de someterlos a su maldad, se quitaron sus
tres anillos que nunca pervirtió Sauron,
pero que para siempre estarían ligados
al poder del Anillo Único. Los siete
Señores Enanos se mostraron bastante
difíciles de someter, pues su interés
era las minas y las riquezas minerales, aunque
Sauron llegó a aprovechar su codicia.
Mucho más fácil resultó
someter a los nueve grandes Reyes de los Hombres.
Éstos, independientemente de la buena
o mala voluntad que cada uno poseía,
al aceptar ponerse sus anillos de poder, fueron
con el tiempo engañados terriblemente.
Se volvieron invisibles, salvo el manto negro
que los cubría, seres corrompidos,
ni vivos ni muertos, cuyas “vidas” alargadas
hacía que clamaban con las voces de
la muerte: se convirtieron en los más
temibles siervos de Sauron, los Espectros
del Anillo, o los Nâzgul.
Desde
la fe católica, desde el punto de vista
antropológico, podemos ver en los Espectros
del Anillo un terrible reflejo de los bautizados
en Cristo —pues por el Bautismo somos Sacerdotes,
Profetas y Reyes— viviendo bajo la esclavitud
del pecado, bajo la tiranía mentirosa
del Maligno Tentador. El Anillo es símbolo
de orgullo y poder. Representa todo lo que
nos arrastra al reino de tinieblas del Señor
Oscuro {el Diablo}, tentándonos a ser
como él en su rechazo a los planes
de Dios sobre nuestra vida. La forma circular
del anillo es la voluntad egoísta cerrada
sobre sí misma. Su centro vacío,
por donde metemos el dedo, sugiere el vacío
interior al que nos disponemos cuando nos
sometemos a su esclavitud. La invisibilidad
que envuelve al portador, corta con las relaciones
normales con quienes nos rodean, nos aísla
de los demás, creando una imagen falsa
del propio “Yo”, despreciando cualquier otro
“Tú”. Si el Anillo significa todo esto,
renunciar a su seducción es imposible
para nosotros, pero para Dios, nada hay imposible,
como Tolkien bien comprendió. Por nuestras
solas fuerzas, nosotros no podemos nada; necesitamos
lo que en teología católica
es la ayuda de la gracia de Dios. El “yo”
no puede despegarse de su “yo”. A buen seguro
Tolkien se inspiró en la teología
de la gracia que encontramos en la carta a
los Romanos del Apóstol Pablo (7, 18-19):
Porque el querer hacer el bien está
en mí, pero el hacerlo no, y la visión
de la gracia que tiene San Agustín,
un gran Santo Padre de la Iglesia. Nuestra
Búsqueda, o Misión, en clave
cristiana, consiste en resistir las tentaciones
del Anillo del Señor Oscuro, librarnos
de nuestro egoísmo, y en última
instancia, consiste en recorrer el camino
pascual de Cristo, que es, ni más ni
menos, fidelidad a nuestra vocación
bautismal: bajarnos de nuestra soberbia y
autosuficiencia, y con humildad, dar la vida
por los que amamos (que han de ser todos),
y santificarnos, aceptando la cruz del sacrificio
que supone amar de verdad.
El
Señor Oscuro quiere tentarnos a que
pongamos un anillo de poder que él
nos da, aislándonos de Dios y de los
demás, dándonos la ilusión
de que vivir en el pecado es “vivir a tope”,
y lo que nos hará felices, pero que
en realidad, nos esclaviza y engendra la muerte.
Que distinto, ¿verdad?, la parábola
del hijo pródigo del Evangelio
de San Lucas, que nos presenta la
figura entrañable del Padre aguardando
nuestra vuelta a su casa. También al
hijo que regresa a su seno, se le ofrece un
anillo, pero no anillo de esclavo que nos
aísla en nuestro egoísmo, sino
un anillo de hijo amado, que nos devuelve
a la comunidad de los redimidos, a la Comunión
de los Santos, a la Iglesia terrena que peregrina
en el tiempo, hacia la Iglesia celestial…
Pues
bien, al final de la Segunda Edad, una última
alianza de Hombres y Elfos derrota los ejércitos
del Señor Oscuro, frente al Monte del
Destino, en la frontera de Mordor. El hijo
del Rey de Gondor, Isildur, con la espada
quebrada de su padre el Rey, corta la mano
del Señor Oscuro, arrebatándole
el Anillo Único. Pero en vez de destruirlo,
arrojándolo en el abismo del Monte
del Destino donde fue forjado, reclama el
Anillo para sí. Al comienzo de la Tercera
Edad, es atacado por las huestes de Sauron,
intenta escapar nadando por el Gran
Río Anduin, donde el Anillo
le traiciona, deslizándose de su dedo,
haciéndolo visible otra vez, donde
es abatido por flechas.
El
Anillo es perdido durante siglos… Es encontrado
por dos amigos que estaban pescando un buen
día. Éstos eran Déagol
y Sméagol. Lo encontró
Déagol, pero pronto el Anillo ejerció
su influencia malvada, provocando la codicia
de Sméagol que acaba asesinando a su
amigo. Sméagol coge el Anillo y durante
siglos es atormentado y corrompido, donde
el Anillo envenena su mente y corazón.
Pierde el gusto por todo lo hermoso: la inocencia,
el amor, la caricia de la brisa, el disfrutar
del sol y de los árboles, el sabor
del pan; pierde hasta su propio nombre, pierde
su identidad, pues la naturaleza del mal es
la perversión del bien. Mientras el
mal aísla, despersonaliza y destruye,
el Señor en el Evangelio se preocupa
por las personas, las sana y las reconcilia.
La influencia malvada del Anillo encierra
y devora al pobre Sméagol en su más
absoluta desolación egoísta.
La 1 ª carta de San Pedro (5, 8-9)
ya nos lo advierte: Sed sobrios, estad despiertos:
vuestro enemigo, el diablo, como león
rugiente, ronda buscando a quien devorar;
resistidle, firmes en la fe. Pero también
el Anillo traiciona a Sméagol, separándose
de él, pues busca regresar al Señor
Oscuro pero, por designio de la Providencia,
es encontrado por Bilbo Bolsón, habitante
de la Comarca…
La
Comunidad del Anillo, la primera parte
del libro, cuenta cómo Gandalf
el Gris, el Sabio Mago, descubre
que el anillo que encontró Bilbo era
en realidad el Anillo Único, que controla
a los demás Anillos de Poder forjados
en la Segunda Edad. Puesto que Bilbo celebraba
su cumpleaños centésimo decimoprimero,
y que quería ya marchar de la Comarca
para vivir con los Elfos en Rivendel (pues
ya estaba muy cansado, “como un trocito de
mantequilla extendido sobre demasiado pan”),
deja su casa de Bolsón Cerrado y todas
sus posesiones a su sobrino, Frodo
Bolsón, y Gandalf a duras
penas tuvo que convencerle de dejar también
el anillo encontrado.
Gandalf
le cuenta a Frodo cómo el Anillo llegó
a encontrarlo su tío Bilbo, y cómo
teniendo la oportunidad de matar a Sméagol/Gollum,
en unos momentos de apuro para escapar de
él, le invade un sentimiento de piedad
y compasión por aquella miserable criatura.
Y cómo luego el pobre Gollum
llegó a ser capturado y torturado por
Sauron en Mordor, y cómo fue que el
Señor Oscuro supo que el Anillo fuera
encontrado y quién lo poseía
y dónde se hallaba ahora: en posesión
de un tal Bolsón en la Comarca. Frodo
le responde diciendo que ojalá nada
de esto le ocurriera en su tiempo, a lo que
Gandalf le responde que a nosotros no nos
toca decidir los tiempos, sino a decidir qué
hacer con el tiempo que se nos ha dado (por
Dios). Cuando Frodo dice que fue una lástima
que Bilbo no acabara con Gollum cuando tuvo
la ocasión, Gandalf le contesta que,
efectivamente, fue por lástima y misericordia:
que no deberíamos ser ligeros en nuestros
juicios a dispensar la muerte, que hasta el
mas perdido tiene esperanza de curación,
y que su corazón le dice que Gollum
todavía tenía un papel que jugar
en todo esto, para bien o para mal, ya que
ni el más sabio puede saber el desenlace.
Gandalf
además le dice a Frodo que hubo otra
fuerza, aparte de la voluntad del Mal, ejerciendo
su influencia, por lo que Bilbo estaba destinado
a encontrar el Anillo —que intentaba regresar
a Sauron— y que por tanto también Frodo
estaba destinado a tenerlo: y que esto era
un pensamiento muy alentador… Son clarísimas
referencias a la Providencia,
que actúa en los acontecimientos del
mundo. Insta a Frodo a que huya de la tranquilidad
de la Comarca, y junto con algunos compañeros,
emprenden su viaje hacia la aldea de Bree.
Toman algunas decisiones equívocas
acerca de la ruta a tomar, y, a consecuencia
de ello, corren peligros, pero son ayudados
inesperadamente por varios personajes, reflejo
de la Providencia que les guía. Pero
Frodo es alcanzado por la maligna espada del
Señor de los Espectros y sus compañeros
son perseguidos por los terribles Jinetes
Negros. Gracias a la ayuda de un Montaraz
del Norte —Trancos o Aragorn— y Glorfindel,
un Elfo que se les ha aparecido para ayudar,
logran cruzar las aguas del río élfico
Bruinen, que son invocadas
y se levantan para cortar el paso a los Espectros.
Esas aguas como símbolo de Israel en
su paso del Mar Rojo, huyendo de los egipcios,
y también las aguas bautismales, o
sencillamente agua bendita, que nos protege
de los enemigos. Llegan, pues, no sin mucho
peligro, a la seguridad de la Casa del Señor
Elrond, noble Medio-Elfo, en Rivendel.
Allí Elrond convoca un gran concilio
donde se decide que Anillo Único debe
ser destruido, y Frodo acepta la carga de
ser su portador, que le resultará cada
vez más pesada. El Anillo sólo
puede ser destruido en la Montaña de
Fuego, el Monte del Destino
en Mordor, donde fue forjado. Para ayudarle
en su Misión, se ofrecen ocho compañeros
que forman la Comunidad del Anillo: Aragorn,
que se revela como el heredero de Isildur
del Reino de Gondor, Boromir,
hijo del Senescal de Gondor, en representación
de los Hombres; Legolas,
hijo del regio elfo del Reino del Bosque,
en representación de los Elfos; Gimli,
hijo de Glóin de la Montaña
Solitaria, en representación de los
Enanos; Frodo, con su sirviente,
Sam, y sus dos primos, Merry
y Pippin, en representación
de los Hobbits, y Gandalf el Gris. La Comunidad
del Anillo viene a ser una representación
de la universalidad del peligro que afecta
a toda raza, pueblo, lengua y nación,
y la comunión en la misión.
La
Comunidad emprende el viaje en secreto desde
Rivendel en el norte, hasta que una feroz
tormenta de nieve les prohíbe cruzar
el alto paso de las montañas nevadas
de Caradhras. Fueron conducidos
entonces por Gandalf a través la puerta
escondida y entraron las vastas minas de Moria,
reino de los Enanos, intentando atravesar
las montañas por dentro. Pero allí
descubren con horror la masacre de los Enanos,
y son atacados por huestes de orcos (antiguamente
Elfos que fueron capturados, torturados y
pervertidos, pues el Mal no puede crear, sólo
pervertir). Gandalf, luchando contra un Balrog,
antiguo demonio de la Primera Edad, entrega
su vida para que la Comunidad pueda escapar
por el puente de Khazad-Dûm,
se sacrifica, dando su vida por sus amigos
y por la Misión, cayendo con el Balrog
en un abismo oscuro. Nadie tiene amor más
grande que quien da la vida por sus amigos
(Jn 15, 13). Al salir del peligro, la Comunidad
llora la (aparente) “pérdida irrecuperable”
de Gandalf, y Aragorn advierte que la Misión
tiene que seguir aún sin esperanza…
La
Comunidad atraviesa el Bosque Dorado élfico
de Lothlórien, donde
se encuentra con la Dama Galadriel, custodia
de uno de los tres anillos dados a los Elfos.
Y aquí Frodo se quedó de pie,
todavía maravillado. Tenía la
impresión de haber pasado por una alta
ventana que daba a un mundo desaparecido.
Brillaba allí una luz para la cual
no había palabra en lengua de los Hobbits.
Todo lo que veía tenía una hermosa
forma, pero todas las formas parecían
a la vez claramente delineadas, como si hubiesen
sido concebidas y dibujadas cuando le descubrieron
los ojos, y antiguas como si hubiesen durado
siempre. No veía otros colores que
los conocidos, amarillo y blanco y azul y
verde, pero eran frescos e intensos, como
si los percibiera ahora por primera vez y
les diera nombres nuevos y maravillosos. En
un invierno así ningún corazón
hubiese podido llorar el verano o la primavera.
En todo lo que crecía en aquella tierra
no se veían manchas ni enfermedades
ni deformidades. En el país de Lórien,
no había defectos. Lórien es
un “santuario” hermoso en medio de un mundo
que cambia donde no sólo no hay maldad,
sino que el tiempo mismo parece haberse detenido.
Es como si el jardín en que se encuentra
Frodo fuese el jardín del Edén
antes de la Caída, y Frodo es como
Adán contemplando el esplendor de la
creación con el poder de dar nombre
a las criaturas, como leemos en el Génesis
(2, 19): Y lo que el hombre la llamaba, a
cada criatura viviente, ése era su
nombre. Aquí podemos ver una nostalgia
de volver al Paraíso Primordial…
La
Dama Galadriel invita a que Frodo y Sam miraran
en su Espejo (una hermosa fuente de agua cristalina
en su jardín), para ver las cosas que
fueron, las cosas que son, y las cosas que
aún no han pasado, dependiendo de cómo
cada personaje afronta sus decisiones libres.
Frodo le pregunta qué verá y
Galadriel le contesta que ni el más
sabio podría decírselo. Concuerdo
con Eduardo Segura que probablemente la mejor
manera de asomarse a El Señor de los
Anillos es mirar el Espejo de Galadriel: a
saber lo que cada cual descubre en el fondo
de su propio corazón… Galadriel asegura
a los compañeros que siempre hay esperanza,
aunque parece que no la hay, siempre y cuando
la Comunidad permanece fiel a la Misión.
Les da regalos maravillosos que luego serían
de gran provecho. Caben destacar las capas
élficas para ocultar a la compañía
de ojos enemigos y sobre todo las lembas,
o “pan (élfico) del camino” o “pan
de la vida” —una clarísima alusión
a la sacramentalidad del Pan eucarístico—
pues tenía una potencia que se acrecentaba
a medida que los viajeros dependían
sólo de él para sobrevivir,
y lo comían sin mezclarlo con otros
alimentos. Nutría la voluntad, y daba
fuerza y resistencia. Llegado el momento de
partir, Galadriel despide a la Comunidad con
una poesía teñida de nostalgia:
Namárië {Adiós}…
el eco de lamento del pasado milenario de
toda una raza hermosa y noble obligada a abandonar
el mundo que ama a favor de los próximos
guardianes, los Hombres. Es la convicción
de que una época del mundo está
a punto de concluir para siempre, y tal vez
caer en el olvido; en todo caso, se trata
de una pérdida irrecuperable, un adiós
a la Tierra Media: ¡Ay!
¡Como el oro caen las hojas en el viento!
E innumerables como las alas de los árboles
son los años. Los años han pasado
como sorbos rápidos… ¡Adiós!
Quizás encuentres a Valimar (Valinor).
Quizá tú lo encuentres. ¡Adiós!
Podemos ver un reflejo del salmo 89, cuando
pedimos a Dios: Enséñanos
a calcular nuestros años, para que
adquiramos un corazón sensato.
Los tres anillos élficos,
que han sido utilizados para sanar, para hacer
y conservar cosas hermosas en la Tierra Media,
y para detener el paso del tiempo y la eventual
muerte, están ligados al Anillo Único:
si Sauron recuperase su Anillo, (que sería
con mucho lo peor), la Tierra Media se cubriría
de una espantosa oscuridad y tiranía
diabólica, y los Elfos también
serían esclavizados; pero, por el contrario,
si el Anillo fuera destruido (la única
opción deseable, desde luego), también
los tres anillos élficos perderían
su noble poder. En este punto de la historia,
hay de verdad, escasos motivos para la esperanza
en un feliz desenlace del destino del Anillo.
Pero en cualquier caso, no hay “victoria”
sin sacrifico y “pérdida”… La Compañía
viaja hacia el sur en barcas navegando por
el gran río Anduin, donde son atacados
por huestes de orcos. Por su buen y noble
deseo de defender a su pueblo de Gondor, Boromir,
seducido por el poder del Anillo, intenta
arrebatárselo de Frodo, que pone el
Anillo, haciéndose invisible, y escapa.
Se da cuenta de que su presencia representa
un peligro para el resto y decide irse sólo
a Mordor. Al final es alcanzado por su fiel
amigo Sam. ¡No, Sam, le dice
Frodo, me voy a Mordor sólo! ¡Naturalmente
que sí, Señor Frodo!, y yo le
acompañaré…
Las
Dos Torres, la segunda parte del libro,
comienza con la Compañía separada
y con Frodo y Sam huyendo en dirección
a Mordor. Mientras los demás les persiguen,
los orcos atacan y matan a un arrepentido
Boromir. Su pecado de desesperación
ha supuesto la muerte de Boromir —el pecado
siempre engendra la muerte— pero su arrepentimiento
y confesión le supone la redención.
Clara alusión a la necesidad de arrepentimiento
de cara a nuestra propia salvación.
A continuación, una segunda banda de
orcos captura a Merry y Pippin. Estos orcos
son servidores de la Mano Blanca,
es decir, de Saruman el Mago
corrupto, compañero de Gandalf. Se
llevan a los dos pequeños hobbits hacia
el oeste a través de las tierras del
Rohan, en dirección
a la torre de su amo en Orthanc
en Isengard. Allí
espera Saruman, con el deseo de conseguir
el Anillo Único para sí mismo,
a pesar de ser un títere de Sauron,
con quien se ha aliado.
El
grupo de los orcos llega a los lindes del
antiquísimo Bosque de Fangorn
a medio camino entre el gran río Anduin
e Isengard, antes de ser rodeados por los
atentos Jinetes de Rohan. Liderados por su
Mariscal Éomer, los
Jinetes masacran a los orcos. Merry y Pippin
escapan de la batalla y se refugian en el
antiguo bosque. Allí conocen a Bárbol
el Ent, el enorme pastor andante
de árboles. Se puede contemplar al
curioso personaje de Bárbol, con sus
ojos profundos, sabios y serenos, la criatura
más antigua de la Tierra Media,
como un reflejo del valor inmenso que Tolkien
da a la creación, una veneración
por su belleza, y a todos los valores de una
sociedad que hunde sus raíces en la
Tradición católica. Ante la
destrucción inmisericorde de los bosques
por parte de los orcos de Saruman, que Bárbol
lamenta tiene “mente de metal y ruedas”, pues
ha perdido su gusto por cultivar las “cosas
que crecen”, convoca una cámara-Ent
(reunión), movilizándolos para
luchar contra Saruman y parten hacia Isengard.
Tras
haber perseguido a los orcos de Saruman, Aragorn,
Legolas y Gimli se encuentran con la compañía
de Éomer poco después del ataque
a los orcos por los jinetes de aquél.
En su diálogo acerca de los tiempos
nefastos que les toca vivir, Éomer
hace una pregunta reflexiva: ¿Cómo
encontrar el camino recto en semejante época?
Una pregunta siempre actual para el cristiano
de todos los tiempos. Aragorn le da, y nos
da, una respuesta acertada, válida
en todo tiempo y lugar: Como siempre.
El mal y el bien no han cambiado desde ayer,
ni tiene un sentido para los Elfos y Enanos
y otro para los Hombres. Corresponde al hombre
discernir entre ellos, tanto en el Bosque
de Oro como en su propia casa. A lo que
Éomer, comprendiendo el alcance de
la respuesta, a su vez contesta: Muy cierto.
No dudo de ti, ni de lo que me dice el corazón.
Éomer los provee de caballos y Aragorn,
Legolas y Gimli parten hacia el Bosque de
Fangorn. Pero su búsqueda de los hobbits
es inútil; sin embargo se encuentran
con alguien a quien no esperaban: Gandalf
reaparece vestido de un blanco deslumbrador,
con un cuerpo “transfigurado”, pues ha regresado
de la muerte para ayudar a completar la Misión.
Con
él, van a Rohan al Castillo
Dorado de Théoden, Rey de
Rohan, en Édoras, donde Gandalf sana
al prematuramente envejecido Rey, rescatándole
del hechizo de Lengua de Serpiente, su consejero,
aliado secreto de Saruman. Recuperado Théoden,
hace una “composición de lugar”, y
lamenta diciendo: ¡Ay! Que estos
días aciagos sean para mí y
que me llegan ahora en la vejez, en lugar
de la paz que creía merecer… Los jóvenes
mueren mientras los viejos se agostan lentamente
(porque ha perdido en batalla a su único
heredero, Théodred, y se enteró
de la muerte del joven Boromir). Y también:
… tendría que entristecerme porque
cualquiera que sea la suerte que la guerra
nos depare, ¿no es posible que al fin
muchas bellezas y maravillas de la Tierra
Media desaparezcan para siempre? Gandalf
le responde, consolándole: Es posible.
El mal que ha causado Sauron jamás
será reparado por completo, ni borrado
como si nunca hubiese existido. Pero el destino
nos ha traído días como éstos.
{No os faltan aliados, Théoden aunque
ignoréis que existan.} ¡Continuemos
nuestra marcha! Hace referencia al realismo
del “misterio de la iniquidad” de la que habla
San Pablo. Con el Rey salvado
y rejuvenecido, cabalgan con él y su
pueblo, a la fortaleza del Abismo
de Helm, para librar una desesperada
victoria al amanecer sobre las hordas de Saruman.
Aragorn había dicho: … el amanecer
es siempre una esperanza para el hombre… nadie
sabe qué habrá de traer el nuevo
día. Gandalf los guía a Isengard,
y encuentran la Torre de Orthanc y sus tierras
devastadas por el ataque de los Ents. La naturaleza,
harta de soportar lo que la moderna industrialización
y mecanización le hace, rebelándose
ante su destrucción por parte de quienes
desprecian la vida, las “cosas que crecen”.
Saruman y Lengua de Serpiente quedan atrapados
en la torre. Gandalf exhorta Saruman al arrepentimiento,
pero éste rechaza la ocasión,
e intenta con su voz, hechizar a Théoden.
La “voz de Saruman” representa todas aquellas
voces que, a lo largo de la historia, han
seducido a las grandes masas, haciéndoles
creer mentiras por verdades, cuyo ejemplo
más notorio fue el de Hitler.
En
relato paralelo, Frodo y Sam continúan
su viaje casi desesperado hacia Mordor. El
esquizofrénico Sméagol/Gollum
les sigue, ansioso de recuperar el Anillo,
su “Tesoro.” El Señor en el Evangelio
nos advierte que lo que para nosotros es un
tesoro, allí ponemos nuestro corazón.
Conviene, pues, educar bien el corazón,
para escoger bien nuestro tesoro… El peso
del Anillo, cargar con su malicia, es cada
vez más abrumador para su Portador.
A Frodo, que ve a Gollum por primera vez,
le inspira el mismo sentimiento de piedad
y lástima, que inspirara a su tío
Bilbo años atrás,
por esa miserable criatura devorada por el
Anillo. Finalmente es domado y acepta actuar
de guía, donde Frodo se fía
bastante más de él que Sam.
Llegados a la Puerta Negra de Mordor, Gollum
aconseja tomar otra ruta, más segura,
aunque más secreta, para entrar en
el país negro. Cruzan las hermosas
tierras de Ithilien, cuyas descripciones son
maravillosas, territorio disputado entre Mordor
y Gondor, pero aún no deformado por
el mal de Sauron. Allí topan con Faramir,
hermano del fallecido Boromir, que resiste
la tentación de coger el Anillo, dejándolos
atravesar Ithilien, pero
advirtiéndoles que Gollum no es de
fiar, pues quiere llevarlos por el camino
de Cirith Ungol, un camino de peligro mortal
del que Gollum ha dicho menos de lo que sabe.
Mientras
van de camino, y toman turnos para dormir,
en una ocasión Sam se descuida, dejando
que Frodo duerma plácidamente en su
regazo. Gollum, que había ido en busca
de comida, los ve y se acerca, y suavemente
acaricia a Frodo. Por unos momentos, los recuerdos
de su anterior vida como hobbit, antes del
trágico hallazgo del Anillo, le hacen
estar al borde del arrepentimiento. Es una
escena particularmente entrañable,
por los gestos y las miradas silenciosas Por
desgracia Sam es despertado, y, desconfiado,
asusta a Gollum, que vuelve a su actual estado
desolador. Hay una plegaria eucarística
(Plegaria V/B) que refleja de alguna
manera esta escena: Danos entrañas
de misericordia ante toda miseria humana,
inspíranos el gesto y la palabra oportuna
frente al hermano sólo y desamparado.
Pasan por la ciudad fantasmal de Minas
Morgul, donde el Señor de
los Espectros del Anillo, montado ya no en
corcel, sino en una negra bestia alada, capitanea
las hordas de Sauron, para su inminente asalto
a la ciudad de Minas Tirith,
ciudad principal del Reino de Gondor. Ante
la aparición ominosa del Señor
de los Nâzgul, Frodo siente la tentación
de ponerse el Anillo, que le descubriría
al Espectro, pero dirige su mano hacia el
frasco de la luz de la estrella de Ëarendil,
dado a él por Galadriel, y resiste.
Y esto para infundirnos ánimo a que
nos agarremos a las mediaciones de gracia
que Dios nos da, por medio de sus signos de
salvación, que son los sacramentos,
y también, a que seamos muy propensos
a acudir a la Virgen María para pedir
su intercesión.
Por
fin Gollum los lleva por una escalera montañosa
muy sinuosa hasta la entrada de un largo y
ominoso túnel. Allí dentro traiciona
a Frodo y Sam, dejándoles a merced
de la terrible Ella-Laraña,
una gigantesca araña, que alcanza picar
a Frodo, pero que es herida en una terrible
lucha con el valiente Sam. Éste, enfadado
por la traición de Gollum, abraza desconsoladoramente
a su querido amo, creyendo que está
muerto, y opta, después de pesar las
decisiones tan difíciles a tomar, por
continuar la imposible Misión sólo,
por puro amor a Frodo. Éste es uno
de los grandes momentos para destacar la inquebrantable
y conmovedora lealtad de amistad que Sam siente
por su amo. Le quita el Anillo de la cadena
que cuelga sobre el cuello de Frodo, y se
aparta pues oye los ruidos de una tropa de
orcos que patrullan la zona. Escondido, oye
los comentarios de los orcos de que Frodo
no está muerto, sino sólo envenenado,
y después lo llevan como prisionero
a la Torre de Cirith Ungol.
Sam se dice a sí mismo una frase muy
iluminadora: Imbécil, no está
muerto, y tu corazón lo sabía.
No confíes de tu cabeza, Samsagaz,
no es lo mejor que tienes. Lo que pasa contigo
es que nunca tuviste en realidad ninguna esperanza.
Y ahora, ¿qué te queda por hacer?
Muy destacable este pensamiento, pues nos
alecciona a que no formemos una decisión
resueltamente, ni nos dejemos fácilmente
engañar, por las meras apariencias:
que a veces las cosas no son en realidad como
parecen; no hemos de ser superficiales en
nuestra estimación de las posibilidades,
a pesar de lo que nos parecen, porque es una
equivocación vivir sin esperanza. Siempre
hay esperanza, porque siempre hay posibilidades,
aunque desconocidas para nosotros, ya que
la Providencia de Dios cuida de nosotros.
(Sigue
en la página siguiente)
 
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