El
Retorno del Rey, tercera parte del libro,
abre con Gandalf y Pippin a galope tendido
a Minas Tirith, ciudad principal del Reino
de Gondor, para avisar del ataque inminente
de las fuerzas del Señor Oscuro. Denethor
II, el padre de Boromir y Faramir,
es el Senescal de Gondor, y está destrozado
por haber tenido las noticias nefastas de
la muerte de su querido Boromir, a quien prefería
sobre su hijo menor, Faramir. Es que lo había
enviado al Concilio de Elrond para averiguar
acerca del Anillo Único que supuestamente
había sido encontrado, pues quería
llevárselo a Minas Tirith, para alejar
el Anillo de Sauron. Denethor, siendo un hombre
noble pero orgulloso, cae en el fatal error
de querer combatir al Señor Oscuro
con sus mismas armas. Este error hizo que
Boromir cayera en la misma trampa. Hay una
pugna entre Gandalf y Denethor, que tiene
unas resonancias en la pugna histórica
entre Iglesia y Estado; a saber, a Denethor
sólo le preocupa el bien de Gondor,
su interés es nacional, pero no se
muestra muy solidario con los demás
pueblos de la Tierra Media. Mientras
que Gandalf ostenta unos atributos propios
del Papado Romano, en el hecho de que no pertenece
a ninguna nación y, en un sentido literal,
es el indiscutible líder de todos los
pueblos libres y fieles. Y esto es así
porque siendo un mago sabio, (como los sabios
Reyes Magos), su poder es
“mágico” antes que temporal, al igual
que el del Papa es “sacramental”. Como muy
agudamente dice Charles A. Coulombe
en un ensayo: A la afirmación {de Denethor}
de que “no hay en el mundo en que hoy vivimos
una meta más alta que el bien de Gondor”,
Gandalf replica: “Yo no gobierno en ningún
reino, ni en el de Gondor ni en ningún
otro, grande o pequeño. Pero me preocupan
todas las cosas de valor que hoy peligran
en el mundo… Pues también yo soy un
senescal”. Así podría haber
hablado Bonifacio VIII a
Felipe el Hermoso, San
Gregorio VII a Enrique IV
o Inocencio III al rey Juan.
Y dicho sea, creo que así también
ha hablado siempre nuestro buen Santo Padre,
el Papa Juan Pablo II, en
sus numerosísimos viajes apostólicos,
en sus conversaciones y discursos a los investidos
en autoridad.
Y
a propósito de la visión católica
del mundo, hemos de comprender que es, esencialmente,
sacramental. En el corazón creyente
de un católico, la misma vida es como
una serie de milagros concatenados, signos
o símbolos de la Providencia, cuya
máxima expresión es Jesucristo
en su Misterio Pascual: el Santísimo
Sacramento del altar. Si el Hijo
de Dios podría hacerse presente en
el altar, por medio de unas palabras sagradas
y unos gestos, no es para nada difícil
pensar en magos, elfos, o en el cambio de
las estaciones. Los críticos que no
comprenden la estructura sacramental de la
Iglesia, han visto a los sacramentos como
“pura magia”, de ahí que la frase hocus
pocus (=abracadabra) es una burla de
las palabras empleadas en latín para
consagrar el pan eucarístico: Hoc
est Corpus meum (Esto es mi Cuerpo).
Puede muy bien decirse que el efecto de la
magia, empleada por los sabios magos o elfos,
como cauce, e incluso causa, del bien, es
en El Señor de los Anillos,
el mismo que el de los sacramentos en la vida
del católico devoto. Santo
Tomás de Aquino, en su oración
para después de la Comunión,
pide que el Santísimo Sacramento sea
una fuerte defensa contra los lazos de los
enemigos, visibles e invisibles. Y San Buenaventura
lo expresa así: fuente de vida, fuente
de sabiduría y conocimiento, fuente
de luz eterna. Dicho de otra manera, así
como los sacramentos son los cauces de la
Gracia en el mundo católico, así
es la magia, usada por los sabios, el cauce
de la Gracia en la Tierra Media.
Aragorn,
heredero legítimo de Elendil
e Isildur, con Legolas y
Gimli, se adentran en el Paso de los
Muertos para invocar a los que antaño
habían jurado aliarse con Isildur,
pero que se negaran, por lo quedaron condenados
a vagar en una especie de purgatorio, hasta
que prestaran alianza a su heredero que luego
pudiese liberarles. Es parecido a Cristo que
desciende al “lugar de los muertos” para liberar
a los allí moraban. Mientras tanto,
los Jinetes de Rohan, con el Rey Théoden
a la cabeza, cabalgan hacia la sitiada ciudad
de Minas Tirith a prestar auxilio. Éowyn,
sobrina de Théoden, disfrazada de jinete,
lleva a Merry, pues ambos quieren luchar también
por los que aman. Éowyn es figura de
las “mujeres fuertes” de la Sagrada Escritura,
como Esther, Judit
y Rut: audaces, valientes,
determinadas e ingeniosas defensoras de sus
pueblos en peligro. Pippin se hace servidor
del Senescal de Gondor. Denethor revela que
ha escrutado (indebidamente) un palantir,
(una piedra vidente que se utilizaban para
comunicarse sobre grandes distancias antiguamente),
y ha visto solamente parte de toda la verdad
que Sauron le ha permitido ver: los enormes
ejércitos que estaban a punto de tomar
y destruir la ciudad y al Reino de Gondor.
Como los Jinetes de Théoden demoraban
en llegar, Denethor cometió el terrible
pecado de desesperar de la salvación.
Y cuando regresa malherido su hijo Faramir,
la desesperación le hace perder la
cabeza, e intenta quemarse vivo con su hijo,
aún vivo. Pippin intenta parar aquella
locura, pero no puede, y va en busca de Gandalf,
que está dirigiendo las defensas de
la ciudad. Al enterarse de esta pésima
noticia, Gandalf lamenta: Hasta en el
corazón de nuestra fortaleza tiene
el Enemigo armas para golpearnos: porque esto
es obra del poder de su voluntad. Es
decir, hasta donde nos creemos más
fuertes, protegidos y seguros de nosotros
mismos, también puede el Mal darnos
una dura zancadilla. Faramir al fin puede
ser rescatado, pero Denethor se inmola en
la llama viva. La tragedia de Denethor es
francamente triste: él no fue capaz
de creer en otras posibilidades. Creía
que era una locura que dos pequeños
e indefensos hobbits llevasen el Anillo a
Mordor, y al creer que ningún pueblo
aliado vendría en ayuda y verse con
pocas defensas, hizo caso a las medias-verdades
de Sauron y desesperó. Gandalf había
advertido a los suyos—y que es una magnífica
lección para nosotros —que sólo
puede desesperar aquel que sabe, más
allá de toda duda, el desenlace final,
pero nosotros no podemos desesperar, porque
no podemos saber todas las posibilidades,
por lo que el desenlace final es incierto—
es una fuerte llamada a esperar, como Abrahán,
contra toda esperanza.
Minas
Tirith vive una situación desesperada
de sitio, los incontables ejércitos
de Sauron atacando ferozmente, los Nâzgul
alados aterrorizando con gritos que hielan
la sangre e infunden desesperación.
¡Por fin llegan los Jinetes de Rohan!
Théoden es atacado por el Señor
de los Nâzgul y muere, pero Éowyn
y Merry muestran su valor al matar al mismísimo
Señor de los Espectros. Aragorn y sus
tropas también llegan y la gran batalla
en los Campos del Pelennor alivia el sitio
de Minas Tirith. Éowyn, Merry y Faramir
son llevados a las Casas de Curación
donde Aragorn da una muestra más de
su realeza: las manos de un rey son manos
que curan. Aragorn es una figura mesiánica,
así como Cristo, Rey del Universo,
muestra su misericordia, entre otras maneras,
cuando sana a los enfermos, cuyos relatos
leemos en los Evangelios. Una última
deliberación entre Gandalf, Aragorn
y compañía, deciden enfrentarse
a Sauron a las mismas puertas de entrada a
Mordor, y no ceden ante la desconsoladora
evidencia de restos de la ropa de Frodo (cuando
fue capturado en la Torre de Cirith Ungol)
mostrados en manos de un siervo de Sauron.
Puesto que sus tropas son insuficientes y
están debilitadas, no tienen esperanza
de ganar por la fuerza, no obstante siguen
adelante contra toda esperanza para desviar
la atención del Ojo de Sauron
de otro movimiento dentro de su tierra negra:
el de Frodo y Sam acercándose al Monte
del Destino para arrojar el Anillo…
En
narración paralela, el valiente y fiel
Sam rescata a Frodo de las torturas de las
que fue objeto su amo a merced de los orcos
en la Torre de Cirith Ungol. La escena del
rescate es conmovedora. Completamente agotados
por todo lo que han pasado, con sed, luchando
con la tierra absolutamente inhóspita
de Mordor, con el Anillo que es cada vez más
pesado e insoportable, Frodo y Sam van acercándose
agónicamente a las Grietas
del Destino. Podemos ver en el personaje
de Frodo una figura del Siervo Doliente
del Señor (Isaías)
y, por tanto, figura de Cristo, pues como
Cristo, Frodo entra en el corazón del
reino enemigo para así destruirlo.
Contemplamos el sacrifico voluntario de Frodo,
aun hasta la muerte si fuera necesario, para
que otros puedan vivir. Aunque no lo haya
querido, lleva voluntariamente el peso del
Anillo, como Cristo lleva voluntariamente
el peso de la cruz. Y lo que más pesa
a Frodo no es tanto el Anillo cuanto el peso
insoportable de la malicia del Ojo de Sauron,
así como lo que a Cristo le pesa no
es tanto la cruz material, cuanto el peso
de la malicia de nuestros pecados. Creo que
eso precisamente lo vamos a ver con meridiana
claridad en la película La Pasión
de Cristo de Mel Gibson
esta Semana Santa. El Señor Oscuro,
con toda su malicia, tienta a los personajes
a que se pongan el Anillo, para así
encontrarlos y atraparlos. Así como
Cristo resiste las tentaciones del diablo
para que lo adore y gane así el dominio
de todos los reinos de la tierra, enseñándonos
cómo sofocar la fuerza del pecado,
Frodo, advertido por Gandalf, conoce que utilizar
el mal, incluso en la lucha contra el mal,
es caer bajo la esclavitud del mal. Esto es
un reflejo de la perspectiva cristiana de
que el fin no justifica los medios. Incluso
Sam, al contemplar la desolación de
Mordor, siente la tentación de usar
el Anillo para acabar con el Señor
Oscuro y convertir aquellas tierras inhóspitas
en un gran jardín, pues es lo más
le gusta a Sam, como buen hobbit de la Comarca
que es. Pero gracias a su sentido común,
sensatez y entereza moral, sale airoso de
la prueba. Tolkien nos advierte que la táctica
del Mal es “entrar con lo nuestro, para salir
con lo suyo”—de ahí su insidioso peligro.
Gollum, que en varias ocasiones en que ha
hecho peligrar la Misión por su codicia
del Anillo, pudiendo haber sido matado por
Frodo, de no ser por su piedad y misericordia,
aún se obsesiona por arrebatar el Anillo.
En estos momentos Gollum parece ya irredimible.
Pero surge otra ocasión, aquí
al final, en que “merece” ser eliminado, con
criterios meramente humanos, pero ahora es
Sam—que nunca se fiaba de Gollum—quien no
es capaz de matar a aquella miserable criatura.
En
un momento crítico, Frodo cae por agotamiento
físico, moral y espiritual. Sam reconoce
que la carga del Anillo la tiene que llevar
Frodo, pues es él a quien la Misión
ha sido encomendada. Que cada uno tiene que
cargar con lo suyo. Pero eso no quiere decir
que no haya nadie que nos pueda ayudar a llevar
nuestras cargas, como tampoco Cristo estuvo
completamente sólo mientras cargaba
con su cruz. Sam es figura de Simón
el Cirineo, aunque incluso algo más
sublime, porque levanta a Frodo con Anillo
y todo, y lo lleva a cuestas por la ladera
del Monte del Destino, pero, curiosamente,
la carga para Sam no le resultaba demasiado
pesada. Cristo mismo nos ha prometido que
quien cargue con su yugo, sobre todo por amor,
verá que su carga es ligera. Se acercan
al momento decisivo de arrojar el Anillo en
el abismo de fuego donde fue forjado. Llegado
la hora de la prueba máxima, ¡Frodo
es incapaz de arrojar el Anillo! No he
decidido hacer* lo que he venido a hacer.
¡El Anillo es mío! (I do
not choose to do what I have come to do. The
Ring is mine!) (*vs. He decidido no hacer…
I do not choose to do…). Frodo reclama el
Anillo para sí, haciéndose invisible,
ante la mirada horrorizada e impotente de
Sam. El Señor Oscuro advierte su mortal
peligro al descubrir a Frodo, desesperadamente
llama a sus Espectros, que están luchando
contra la alianza de Aragorn y Gandalf frente
a la Puerta Negra, y éstos vuelan a
velocidad del viento hacia el Monte del Destino.
Es,
sin duda alguna, el toque más brillante
y magistral de Tolkien que Gollum (que Gandalf
había presagiado tendría un
papel que jugar aún en todo esto),
aún más esclavizado por el Anillo
que Frodo, se pelee con Frodo, arrancándole
de un brutal mordisco el dedo, arrebatándole
el Anillo, y en su delirio, dé un mal
paso y caiga por el precipicio en el abismo
de fuego. En su momento Frodo había
salvado a Gollum del mal del Anillo, perdonándole
la vida, y ahora es Gollum que, a pesar suyo,
salva a Frodo del mal del Anillo, perdonándole
su vida. Porque es una gran verdad, ciertamente,
lo que canta el salmo 50: un corazón
quebrantado y humillado, no lo desprecia el
Señor. Un lucidísimo comentario
de esta escena lo tenemos en Stratford
Caldecott: Al borde mismo del éxito,
adonde lo ha llevado su voluntad, el Portador
del Anillo renuncia a su Búsqueda y
reclama el Anillo para sí. Su libertad
para arrojarlo al fuego ha sido minimizada
por la tarea de llevarlo hasta el Monte del
Destino. Lo que finalmente le salva, es en
apariencia un accidente, en realidad la consecuencia
directa de su anterior (y más libre)
decisión de salvar la vida de Gollum,
un acto de pura compasión. Por tanto,
en cierto modo no es Frodo quien salva la
Tierra Media, y mucho menos Gollum, que le
arranca el Anillo de un mordisco y al hacerlo
se precipita en el fuego. Tampoco es Sam,
que ha aprendido la compasión de Frodo
y sin el cual éste nunca habría
alcanzado el Monte del Destino. El Salvador
de la Tierra Media es Aquel que actúa
a través del amor y la libertad de
sus criaturas, que perdona nuestras ofensas
como nosotros perdonamos a lo que nos ofenden,
utilizando incluso nuestros errores y los
designios del Enemigo para causarnos bien.
El final de El Señor de los Anillos
es un triunfo de la Providencia sobre el Destino,
pero también el triunfo de la Misericordia,
en la cual el libre albedrío, auxiliado
por la gracia, es plenamente vindicado. En
términos cristianos, es una plegaria
por la perseverancia en el bien obrar hasta
el final, a que no sobreestimemos nuestra
parte en la historia, y a que nos demos cuenta
de que las cosas pequeñas pueden muy
bien ejercer un impacto grande en el esquema
general de las cosas. Es además una
escenificación dramática del
Padre nuestro: perdona nuestras ofensas, como
también nosotros perdonamos a los que
nos ofenden. No nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del Mal. Si no hubiera
sido por él, {Gollum}, Sam, yo no habría
podido destruir el Anillo. Y el amargo viaje
habría sido en vano, justo al fin.
¡Entonces, perdonémoslo! Pues
la Misión ha sido cumplida, y todo
ha terminado (cfr. Todo se ha cumplido
(Jn 19, 30). Me hace feliz que estés
aquí conmigo. Aquí al final
de todas las cosas, Sam. Sauron es aniquilado,
su fortaleza-torre de Barâd-dur
se desploma, sus huestes se dispersan. El
cataclismo en torno al Monte del Destino es
tal que Frodo y Sam no esperan sobrevivir.
Pero finalmente con la ayuda de las grandes
águilas, son rescatados por
Gandalf.
Para
este “inesperado” final feliz —aunque en realidad
no es el final, pues las grandes historias,
nunca terminan, como veremos—. Tolkien acuñó
un término —eucatástrofe—
para describirlo. (Referencia a una carta
suya en la que relata la inspirada predicación
de su párroco sobre un niño
cuyos padres habían ido a llevarle
al Santuario de Lourdes, y que fue curado
milagrosamente en el viaje de tren de vuelta).
Se trata, pues, de un giro completamente inesperado
en los momentos más oscuros y desesperados,
con el que no debe contarse otra vez, siendo
un destello de la victoria definitiva del
mal, que hacen saltar las lágrimas.
De este modo lo expresó Tolkien en
un ensayo importante sobre la literatura:
El nacimiento de Cristo es la eucatástrofe
de la historia del Hombre. La Resurrección
es la eucatástrofe de la historia de
la Encarnación. Una historia que comienza
y finaliza en gozo. Tolkien creía que
esto era precisamente lo que un verdadero
“cuento de hadas” debía reflejar. Es
asimismo una apuesta decidida, como leemos
en los Evangelios de que los últimos
serán los primeros, por ensalzar a
los humildes en la persona de los hobbits,
sobre las potencias y potestades del mundo,
pues hasta el más pequeño puede
cambiar el curso del futuro. Aragorn es coronado
por Gandalf y la paz que trae a su reino —porque
has asumido el gran poder, y comenzaste a
reinar (Ap 11, 17)— evoca la figura
de Carlomagno, restaurador
del Imperio, y al ser comparado con un árbol
o retoño, prefigura un predecesor de
Cristo, como lo es el Rey David. El florecimiento
del Árbol Blanco de
la ciudad de Minas Tirith es señal
de tranquilidad para el reinado de Aragorn,
presagia los siglos cristianos y es una señal
de la victoria definitiva (escatológica)
sobre el Mal.
La
Biblia comienza con un jardín en el
que se encuentra el árbol de la vida,
y concluye con ese mismo árbol en la
ciudad santa de la Nueva Jerusalén,
la ciudad celestial. El emblema del estandarte
de Gondor es, significativamente, un árbol
rodeado de siete estrellas: figura de las
siete estrellas que son los siete ángeles
de las siete iglesias del libro del Apocalipsis.
La ciudad de Minas Tirith simboliza la Iglesia
militante que lucha en este mundo, y que presagia
la hermosura de la Nueva Jerusalén
celeste, como leemos en el Apocalipsis
(22, 12-14): El Señor dice:
Estoy a punto de llegar con mi recompensa
y voy a dar a cada uno según sus obras.
Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el
último, el principio y el fin. ¡Dichosos
los que lavan sus vestidos para tener derecho
al árbol de la vida y poder entrar
en la ciudad por sus puertas!
El
desenlace de El Señor de los Anillos
después de la destrucción del
Anillo tiene otro clímax en la progresiva
purificación de la Tierra Media.
Hay numerosas separaciones y la despedida
de Bárbol es muy significativa: Es
triste que sólo ahora, al final, hayamos
vuelto a vernos. Porque el mundo está
cambiando: lo siento en el agua, lo siento
en la tierra, lo huelo en el aire. No creo
que nos encontremos de nuevo… Pero Galadriel
dijo: No en la Tierra Media… {pero} quizá
volvamos a encontrarnos… en la primavera.
¡Adiós! Los miembros de
la Comunidad del Anillo se separan: Gandalf
se queda para ayudar en los comienzos del
reinado de Aragorn, que se casa con el amor
de su vida, con la princesa élfica
Arwen, que voluntariamente
renuncia a su vida inmortal para asumir una
vida mortal; Legolas y Gimli se hacen cada
vez más amigos, cuando tradicionalmente
los Elfos y los Enanos tenían sus diferencias;
Faramir, ahora príncipe de Ithilien,
se casa con Éowyn, cuyo hermano Éomer
sucede a Théoden como Rey de Rohan;
y los Hobbits regresan a la Comarca. Pero
el realismo de la Tierra Media muestra que,
como en la vida misma, las cosas no pueden
volver a ser como eran, los acontecimientos
traumáticos y el paso del tiempo afectan
y cambian las cosas y las personas, al igual
que el pecado de Adán y Eva hace imposible
un mundo antes de la Caída. Ni siquiera
la Comarca es la misma, ni muchos menos Frodo,
Sam, Merry y Pippin. Eso sí, Sam se
casa con el amor de su vida: Rosie Coto. La
Comarca tiene que ser saneada porque Saruman
el mago no-tan-sabio, habiendo escapado de
los Ents, ha querido hacer de las suyas e
instaurar un régimen dictatorial que
los hobbits tienen que prevenir con una revuelta.
Dos
años y medio después de estos
acontecimientos, Frodo siente cada vez más
que ha sufrido demasiadas heridas demasiado
profundas —la espada del Señor de los
Nâzgul, la picadura de Ella-Laraña
y el dedo arrancado, aparte de haber cargado
con el peso del Anillo— que no puede quedar
más en la Tierra Media. Que
no hay vuelta posible a una situación
anterior, porque hay cosas que ni siquiera
el tiempo puede curar del todo. Con su tío
Bilbo, ahora muy envejecido, se dispone a
embarcarse en un navío desde los Puertos
Grises, con los demás Portadores
de Anillos —los Elfos Elrond, Galadriel, y
con Gandalf—, a las Tierras Imperecederas
de Oeste, el Reino Bendecido de los Elfos.
-¿A
dónde va usted mi amo? —gritó
Sam—
-A los Puertos, Sam —dijo Frodo—.
- Y yo no puedo ir.
–No, Sam. No todavía, en todo caso…
También a ti te llegará la hora…
No te entristezcas, Sam. No siempre podrás
estar partido en dos. Necesitarás sentirte
sano y entero por muchos años. Tienes
tantas cosas de que disfrutar, tanto que vivir
y tanto que hacer.
–Pero — dijo Sam, mientras los ojos se le
llenaban de lágrimas —, yo creía
que también usted iba a disfrutar de
la Comarca, años y años, después
de todo lo que ha hecho.
–También yo lo creía, en un
tiempo. Pero he sufrido heridas demasiado
profundas, Sam. Intenté salvar a la
Comarca, y la he salvado, pero no para mí.
Así suele ocurrir, Sam, cuando las
cosas están en peligro: alguien tiene
que renunciar a ellas, perderlas, para que
otros las conserven. *(Referencia a Stª
Bernadette de Lourdes).
Ya en los Puertos Grises, ante Sam, Merry
y Pippin —todos ellos con lágrimas—
Gandalf no nos dice a que no lloremos, pues
no todas las lágrimas son amargas.
¡Ciertamente! En este sentido, recuerdo
un día de clase en el Seminario, el
profesor nos comentó que muchos jóvenes
andaban aturdidos por los ruidos en sus vidas,
porque lloraban poco… Frodo besa entonces
a Merry, Pippin y a Sam, y sube abordo. Y
fueron izadas las velas, y el viento sopló,
y la nave se deslizó lentamente …internándose
en la Alta Mar rumbo a Oeste,
hasta que por fin en una noche de lluvia,
Frodo sintió en el aire una fragancia
y oyó cantos que llegaban sobre las
aguas; y le pareció que… la cortina
de lluvia gris se transformaba en plata y
cristal, y que el velo se abría y ante
él unas playas blancas, y más
allá un país lejano y verde
a la luz de un rápido amanecer.
La escena evoca el libro del Apocalipsis:
¿Quiénes son éstos, vestidos
de blanco, y de dónde han venido? Son
los que vienen de la gran tribulación,
y han blanqueado sus vestiduras en la Sangre
del Cordero. Para Sam, Merry y Pippin,
que quedan atrás —como nosotros— contemplando
cómo el barco desaparece por el horizonte,
la sensación de exilio es intensa.
Se quedaron hasta bien entrada la noche, de
pie, sin oír nada más que el
suspiro y el murmullo de las olas sobre las
playas de la Tierra Media, y aquel
sonido les traspasó el corazón…
y no hablaban. Sam al fin regresa a su familia
en la Comarca y le esperan su esposa, Rosa,
y Elanor, la primera de unos
cuantos hijos e hijas. Y suspira: Bueno,
estoy de vuelta…
Aunque
El Señor de los Anillos termina
con el eco de los ángeles (Ainur) evocando
el exilio del hombre de la plenitud del amor,
de la verdad y de la vida, más allá
de la muerte, Tolkien añade un apéndice
(Apéndice A, Un fragmento de la
historia de Aragorn y Arwen…) que concluye
con la impresión de que el regreso
a nuestro verdadero hogar aguarda a aquellos
que aceptan, aunque sea un “don amargo”, como
Aragorn y Arwen, el “don de la muerte”. La
muerte, como divino “castigo” por el pecado,
es también un divino “don” si se acepta,
pues su objetivo es la bendición final,
que produce un mayor bien no alcanzable de
otro modo. Esta “bendición final”,
que podría interpretarse como una suerte
de muerte para Frodo, en realidad no lo es,
pues recordad que el “don de la muerte” no
era el final de la vida en los planes del
Creador, sino paradójicamente su transformación
en plenitud. Así lo canta un prefacio
de la liturgia de Difuntos
(Prefacio I): … la vida de los que
en ti creemos, Señor, no termina, se
transforma… Gracias al corazón creyente
de Tolkien, El Señor de los Anillos
nos asegura que el último enemigo aniquilado
será la muerte (I Cor 15, 26),
por lo que no busquemos la felicidad plena
en el misterio del tiempo, sino en la eternidad…
Así se lo dice Aragorn a Arwen antes
de dormirse en la muerte: Así parece
{que la muerte es un don amargo}. Pero no
nos dejemos abatir en la prueba final, nosotros
que antaño renunciamos a la Sombra
y al Anillo {el Diablo y al Pecado}. Con tristeza
hemos de separarnos, mas no con desesperación.
¡Mira! No estamos sujetos para siempre
a los confines del mundo, y del otro lado,
hay algo más que recuerdos. ¡Adios!
{Conclusión}
¿Por qué la muerte es un “don”
divino para los hombres mortales? ¡Porque
Dios-Ilúvatar sabe que siglos después,
su Hijo Jesucristo ofrecerá su propia
muerte en cruz como don —para reparar el “castigo”
de la muerte a causa del pecado de origen,
ofrecerá su muerte como don de vida
eterna— para nosotros! Así lo canta
la liturgia de la Iglesia en Tiempo
de Pascua (Prefacio I):
Muriendo destruyó nuestra muerte, y
resucitando restauró la vida… Así
vivió Tolkien como católico
convencido—y agradecido—de esta gran Buena
Noticia. Incluso cuando tuvo que sufrir otra
“pérdida irrecuperable” con la muerte
de su querida Edith en 1971. Particularmente
en sus últimos años, en aquella
comarca tranquila, siempre paseando entre
los árboles, siempre atento al susurro
y al murmullo de las olas sobre las playas
de la Tierra Media. Como
dice el Evangelio, de la abundancia del corazón,
habla la boca… y escribe la mano. No pudo
menos que escribírnoslo de manera épica
y conmovedora, antes de zarpar. No me cabe
la más mínima duda de que cuando
le llegó la hora de su propia muerte
a los 81 años de edad, en aquel “rápido
amanecer” —como lo fue también para
Frodo— del 2 de septiembre de 1973, Domingo,
día del Señor, día de
nuestra alegría y nuestro gozo, Tolkien
llegara a experimentar personalmente las palabras
del salmo 62: Oh Dios, tú eres
mi Dios, por ti madrugo… para contemplar tu
fuera y tu gloria…
El
tiempo se nos acaba, pero porque se nos convertirá
en eternidad. ¿Qué hacer con
el tiempo que Dios nos ha concedido? Vamos
peregrinando hacia la ciudad eterna, hacia
una alegría más allá
de nuestras lágrimas, a gozar de la
Comunión de los Santos
en la Nueva Jerusalén. A buen seguro,
Tolkien ya esté allí. Pues bien
sabía él lo de San Pablo (I
Cor 2, 9): Ni ojo vio, ni oído
oyó, ni vino a la mente del hombre,
{¡ni tan siquiera la mente prodigiosa
de Tolkien!} lo que Dios tiene preparado
para quienes le aman. Que sea así para
nosotros también, por las entrañas
de misericordia de nuestro Dios…

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